La amiga del tren

Si algo le falta a Córdoba, son trenes. El viaje en tren es el único (a excepción de cuando niños y perros van en el asiento trasero del auto sacando la lengua detrás de la luneta) que te permite elegir el paisaje: pasado o futuro. Te podés sentar del lado desde el que ves lo que va a venir o del que ves de­saparecer lo que se va. Además, se desliza. Y todo vehículo que se desliza en superficies llanas tiene más swing : los trenes, los patines, las cintas transportadoras.

En Argentina, recuerdo haber viajado en tren una sola vez –a Buenos Aires, cuando era chica–, en un invierno helado y en un vagón que tenía el piso cubierto con las mismas alfombras de botones de goma que había en locutorios de Entel (la entonces empresa telefónica estatal) en la década de 1980. Ese tren no se deslizaba con armonía ni tenía swing , pero en mi recuerdo es más encantador que los colectivos.

Ahora estoy en Vietnam, ese país que nombran en todas las películas bélicas de Hollywood y que es mucho más que una selva de la que asoman los ojos enrojecidos de Marlon Brando. Los primeros días caí en la trampa de los paseos turísticos de rigor y terminé recorriendo escenarios naturales con un contingente de jubiladas tailandesas que no paraban de hablar; o tratando en vano de convencer a dos chicos chilenos de que la sopa vietnamita es mucho pero mucho mejor que sus panchos con palta; o posando en las fotos de una familia china cuyos progenitores me vieron sola en un tour , les di lástima y decidieron adoptarme por el resto del día.

Ya es suficiente. Cambié los planes de agencias de viaje y packs de actividades y decidí seguir sola por rutas menos turísticas. Me vine a una pequeña ciudad, bastante industrial, en la que soy la única occidental en un par de kilómetros a la redonda.

Estoy en una casa de comida rápida, al estilo Mc Donald’s, aunque el Ronald de esta marca es una abeja con ojos de animé. Mientras como unas papas picantes, aparece un pobre sujeto dentro de un disfraz de la abeja, arreglándoselas para hacer movimientos parecidos al pasito del Gangnam style dentro de esas capas de goma espuma.

Dos hermanitos, de unos siete y cinco años, se acercan acompañados por el padre para abrazar a la abeja y sacarse una foto con el muñeco. El más chico, apenas termina de sonreír, me detecta. Se queda hipnotizado un rato, mirándome, y se acerca tapándose la sonrisa de una manera a la que no le cabe otro adjetivo que oriental. La hermanita llega por detrás y trata de llevárselo diciéndole algo que suena en gestos y tonos a: “No seas maleducado”.

El nene vuelve; sabe bien la impunidad que le otorgan su ternura y su edad. Me toca la cara con un dedo índice regordete, se ríe. El padre, con mímica, me pregunta si acepto posar en una foto con sus hijos. Los niños sonríen, me abrazan y ponen los dedos en V, como en la foto que se sacaron con la abeja monstruosa.

Me pregunto qué les llama la atención de mis ojos redondos, mi nariz puntiaguda, mis cejas tupidas y mi pelo enmarañado por la humedad. Acá soy una rareza, un fenómeno de circo. Una extranjera. Ser parte de una minoría siempre es una cuestión de contexto.

Hace unos días leí un cuento de Margaret Atwood sobre un joven asiático que se enamora obsesivamente de una compañera de la universidad, en un campus canadiense. Es el único de ojos rasgados de casi toda la ciudad, y su aspecto y sus hábitos extraños lo convierten en el estudiante más aislado del lugar. En el relato, cada vez que aparece lo nombran como “el hombre”, lo definen como “curioso” y el título del cuento es El marciano.

Así me siento durante esta foto. Una marciana, un alien.

El cubículo

Se acerca la hora de irme; voy a la estación de trenes cercana y compro un pasaje. Necesito recorrer 800 kilómetros, la mitad del país, y, a partir de mi idea romántica de los trenes, creo que hacerlo en un vagón es lo ideal: voy a descansar, terminar de leer mi libro, mirar las ciudades que dejo atrás mientras me deslizo por campos de arroz.

–¿Camarote de cuatro literas, con colchones mullidos y almohadas XL, o ­camarote de seis literas? –pregunta la señora que vende el ticket . Y aclara luego el costo de cada opción.

–De seis –digo, y me arrepiento 15 minutos después, cuando abro la puerta de la baticueva.

La lógica del camarote para seis es la misma de quien intenta llenar un cartón de media docena de huevos con ocho. Hay sólo dos de más, pero estamos incómodos todos. Esto es una caja de zapatos.

Mi número de litera es el 3. Ya hay cinco personas: soy la última. Chequeo mi lugar y es en la camita más alta de la derecha. Debajo de mi litera, hay dos personas roncando y el techo del vagón queda a 40 centímetros de mi frente. Es como estar dentro de un huevo Kinder.

Me trepo y me recuesto. Es tan alto que desde allí no veo el paisaje que asoma desde la ventana. Igual, mis compañeros de camarote cierran la cortina de metal. Hay olor a múltiples células muertas y el inconfundible aroma picante de las sopas, que es delicioso, pero no ahora. Desde el techo, a centímetros de mi cara, la boca del aire acondicionado me despeina con ráfagas heladas.

Si Ned Stark vivió con este frío, yo también puedo, pienso. Me tapo con una frazada que está prolijamente doblada sobre la camita, me acomodo, abro el libro y empiezo a convencerme de que tengo que pasar 15 horas ahí, entumecida y quieta.

Quiero dormir, deseo dormir, ruego dormirme. Pero me falta el aire. Me siento como el emoticón de El grito de Munch. Me hiperventilo. Faltan 15 horas. 900 minutos. 54 mil segundos. En segundos, no es tanto, me digo. Hago yoga con la mente. No me sale. Quiero olvidarme de mi cuerpo para escapar del panic attack . Volverme incorpórea.

El tren arranca. 20 minutos después, alguien abre la puerta corrediza del camarote y deja entrar la luz chillona del sol de la siesta. Una mano me toca el pie. Pego un salto y me golpeo la cabeza contra el techo. Miro. Es una chica, muy joven, a la que antes de subir le pregunté la hora, después de consultarle en vano a tres personas que no hablaban nada de inglés. Ella habla, poco pero suficiente. Me dice algo mientras, con la mano, me indica que salga al pasillo del vagón. Salgo.

Es como si alguien hubiera descorrido un telón. La ventana ancha del pasillo, rectangular como una pantalla de cine, muestra un deslumbrante paisaje de bahías y playas desiertas, rodeadas de plantas brillantes. Es hermoso, hermoso como una reanimación cardiopulmonar; cuando miro la ventana, respiro normalmente.

Al fondo del pasillo, del camarote vecino, se asoma un niño de unos 8 años que me señala, mira a la chica, y grita algo que no entiendo. El tren, de manera muy lenta, zigzaguea sobre una sierra y desde donde estamos podemos ver hacia adelante la locomotora y, al final, el último vagón. Una belleza inesperada.

La chica, Thu An, me dice que cómo puede ser que quien me vendió el pasaje no me haya avisado que lo mejor de este trayecto es el paisaje. Que estaba por perdérmelo. Que no puede creer que mis cinco compañeros de camarote, por más acostumbrados que estén, sacrifiquen esta vista por dormir un rato de siesta. Que ella hace ese viaje cada 15 días pero igual siempre se queda a mirar.

Nos quedamos paradas en el pasillo, inclinadas sobre la pared. Me hace preguntas, me explica cómo funciona el tren y, con paciencia, con el idioma mutuamente ajeno, tenemos una extensa charla. Tiene 20 años. Estudia traductorado de inglés. Sus padres son maestros. No tiene novio ni pareja. Me explica que los campos de arroz aún requieren más trabajo humano que mecánico. Trata de sintetizar las diferencias entre Vietnam del Norte y del Sur. Tiene los dientes frontales ligeramente separados (por algún motivo, eso me genera confianza en alguien) y pies y manos muy pequeños. Es noctámbula, y en eso coincidimos.

Hablamos durante nueve horas, de mil cosas más, hasta que le toca descender, en la ciudad donde viven sus padres. Tras esta parada quedan sólo seis horas hasta mi destino, y las dormiré con placer, pensando en su gesto: despertar a un desconocido para que no se pierda la oportunidad breve de presenciar algo hermoso.

Pero, antes de irse, mi nueva mejor amiga me cuenta algo que casi me rompe el corazón. Me confiesa que ese niño de su camarote que gritó al verme le había preguntado antes si no había “personas extranjeras” para ver en el tren. Ella le apostó que sí y, como el chico no le creía, fue a despertarme para mostrarle a la ­exótica mujer occidental que se tapaba debajo de una frazada.

Me desanima un poco el dato de la apuesta para ver a la marciana, pero no pienso dejar que arruine el impulsivo y efímero amor por la humanidad que siento en este instante, y que se autodestruirá en un par de segundos, cuando regrese el escepticismo, el pesimismo, el realismo y todo esos ismos.

Nos agregamos en Facebook y nos sacamos una selfie juntas. En la foto, se ven su sonrisa de dientes separados y sus dedos en V.

Danang, Vietnam, junio de 2016

(Este texto se publicó primero en la sección “Días contados” del diario La Voz del Interior, el día 16 de julio de 2016).

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El fin del fin

La mañana en que cumplo 35 años ya estoy en Ushuaia. El mote “El fin del mundo” es el eslogan perfecto creado por un publicista pionero. Queda bien en cualquier frase: “Vivo en el fin del mundo”, “Podés hacer lo que quieras en el fin del mundo”. A mí me gustó la idea de decir “Cumplí años en el fin del mundo”.

Las historias que cuentan en los museos te dan una idea de qué aventuras y desventuras sucedían acá en épocas en que hasta los mapas tenían escrito en letras góticas “Fin del mundo”: la de un rumano que llegó abrigadísimo a buscar oro que nunca encontró; la de los onas, que lo miraron pensando que era un exagerado mientras caminaban descalzos en la nieve; la del petiso orejudo, que se enamoró de un gatito en la cárcel; la de un irlandés que naufragó y sobrevivió atravesando el hielo en trineos, mientras iba comiéndose los perros que lo guiaban.

La pregunta es por qué todos ellos decidieron venir. La idea de alcanzar el vértice de lo finito retumba como huida, último recurso, exilio. Pero también, como en mi caso, equivale a desaparecer por un rato, el fin del mundo es el fin de un lugar y de un tiempo. Quedarse suspendido en la atmósfera de limbo de la ciudad.

Ushuaia no es lugar para los débiles. Los pilotos de los aviones aterrizan de costado, en una maniobra temeraria que esquiva el viento; la llovizna es gris igual que los containers del puerto, apilados como piezas de Lego; el aire es helado y húmedo; los picos de las montañas se asoman lejanos y se ven fuera de foco. Y el agua del canal se expande como una frontera abierta. En mi canon, esas cualidades la hacen una ciudad hermosa.

Claro que para equilibrar tanta belleza tiene un cementerio amurallado en medio de la avenida principal y varias plazas deprimentes, parques de juegos en los que nunca hay chicos y homenajes patrióticos como el de los Héroes de Malvinas que parecen diseñados por el mismo arquitecto estalinista.

Lo primero que me sorprende mientras camino por el centro es ver de lejos a un hombre vestido con traje de franela a rayas, como un preso del siglo pasado. Lo sigo por la calle, a un par de metros de distancia, con la suficiente torpeza y falta de tacto como para que se dé vuelta y empiece a seguirme él a mí. Hasta que me aborda y me da un papel. Es un folleto para hacer una excursión en barco por el Beagle. Recién en ese momento me doy cuenta de que la cárcel del fin del mundo, ese recinto hostil vestido de museo, alimenta los estereotipos turísticos de la ciudad: muchos de los guías están vestidos como presidiarios y nunca logro encontrar el costado simpático al atuendo.

El falso preso me convence y hago el paseo de rigor: en barco recorro el canal Beagle, con una guía que explica que ese faro al que todos le sacan fotos no es el del fin del mundo de la novela de Julio Verne (mientras la mitad de los turistas hacen un “oh” de desilusión aunque estoy segura de que cuando vuelvan a sus casas dirán que, efectivamente, ese es el faro del fin del mundo). El catamarán atraviesa islotes de piedra con lobos marinos que bostezan y se sacuden moscas, nos miran aburridos, con el mismo gesto con el que deben de haber mirado a cada uno de los que fueron llegando esperando encontrar monstruos y tesoros.

Imagino que hace cientos de años para los exploradores llegar acá era como estar en Marte. Ahora, la globalización vuelve todos los rincones asimilables. En el hostel en que me hospedo la ambientación es de estética tirolesa y la música que suena durante todo el día es Bob Marley. El bar de la ciudad (y uso el artículo “el” porque no encontré otro) es un bar irlandés. Y la mitad de los viajeros con los que me encuentro están atravesando alguna crisis (de los 30, 40 o 50, laboral, de pareja, existencial).

Una noche, voy a cenar con una amiga cordobesa que vive acá. Y entiendo mejor cómo es el día a día en Ushuaia. Aunque está helado, ella adentro de su casa está vestida con ojotas hawaianas, musculosa y pantalones playeros. Tomamos una cerveza y hago todas las preguntas. De sus respuestas, me quedo con el mito de los habitantes que asegura que, como es una zona de riesgo sísmico, en un próximo gran terremoto Tierra del Fuego se va a desprender del territorio con un ruido seco y se va a ir flotando hacia el sur.

Se suman a la cena unos amigos. Uno cuenta que en los ’90 en esa ciudad no había “nada ni nadie”. Que le tocaban la puerta a las personas en sus casas para ofrecerles trabajo. Y me quita las ganas de conocer Río Grande calificándola como el lugar más triste del universo. La charla sigue por varias horas. Escucho frases como “Acá nunca llueve, pero siempre llovizna”. Hablan de que es tan tentador para los residentes quedarse (por los sueldos altos, las oportunidades) como irse (para escapar de los días oscuros del invierno). Noto cierto recelo cuando hablan de los petroleros.

A la noche vamos al bar y mientras con mi amiga temblamos como epilépticas en la puerta para poder fumar, un chico que las va de galán de Comodoro Rivadavia nos pregunta si esto es toda la vida nocturna de la ciudad porque, si es así, “es la muerte”. “Claro, porque Comodoro es Las Vegas”, le respondo con el tono a la defensiva y violentito que me sale cuando alguien se pasa de vivo.

Ushuaia es una ciudad bastante cara para casi todos los mortales, pero algunas cosas son baratas: el whisky, el tabaco, la nafta y el pase a una extensa pista de patinaje sobre hielo al aire libre. Después de aprovechar las ventajas de los dos primeros ítems, una mañana decido ir a la pista. Ahí podés patinar mirando el agua calma, los barcos y las montañas bañadas en nieve. Para mí es el paraíso. No hay nadie y desde unos parlantes enormes cortan el silencio frío con toda la discografía de Bon Jovi. Patinar con cara de velocidad cantando a los gritos “Oh, You´re Half Way There” me provoca una extraña adrenalina y felicidad. Hasta que entra a la pista una nena de siete años y mi cuadro adquiere su verdadera entidad ridícula.

Otra amiga cordobesa que está por trabajo varada en Río Grande llega por dos días a contarme que, efectivamente, esa ciudad es la más triste del universo. Con ella visitamos la famosa cárcel, con otros turistas igual de anonadados que nosotras, mientras un guía que imposta la voz como Sandro y dice las “o” como los locutores de quiniela nos explica cómo era la vida en ese panóptico del infierno. Por más que esté decorado, pintado de colores y convertido en una galería de arte, el penal no deja de ser un espacio tenebroso. Nos quitamos el mal trago en el bar, donde ya me siento una parroquiana más.

Uno de los últimos días, alquilé un auto con mi concubina del hostel. No sabíamos muy bien adónde ir, así que decidimos ir manejando a lo Thelma y Louise hasta Tolhuin, un pueblo a 100 kilómetros. En el pueblo hay paisajes absorbentes, una costa envuelta en niebla y algo más enigmático que los glaciares, montañas y bosques devorados por los castores: una panadería de la que varios me hablaron como el lugar al que había que ir, “ya vas a entender por qué”.

La panadería Unión desde afuera no tiene ninguna particularidad: vidrios enormes, sillas y mesas de caño, manteles de hule, facturas sin nada especial y ni siquiera hay máquina de café.

Pero las paredes están empapeladas desde el piso hasta el techo con fotos. En cada una hay un famoso diferente, abrazado siempre a un señor pelado y de barba, que nunca sonríe y repite la misma pose en todas las imágenes: una mano que rodea/aferra a su acompañante y la otra que lo señala, subrayando adónde hay que direccionar la mirada. Con ese gesto de cholulismo fervoroso abraza a Graciela Alfano, China Zorrilla, Menem, los integrantes de la banda Los Calzones, Jairo, Doña Jovita, Juanse, Juan Alberto Badía, DJ Deró, Ignacio Copani y, claro, León Gieco en poncho. Si mirás con atención, las fotos se repiten en un loop visual de famosos.

También hay un enorme cartel que advierte cuál fue la visita más especial a Tolhuin, la del OVNI que un día amaneció encima del lago Fagnano. La letra chica aclara que para Fabio Zerpa el lago es un punto de interés turístico para los visitantes extraplanetarios. Esta y las demás fotos de celebridades están ahí para no olvidar a los visitantes. Quizás también para que ellos no se olviden de este pueblo.

Afuera hace cero grados y el viento silba. Adentro de la panadería, en una esquina emerge una fuente con un delfín de hormigón, pintado de turquesa, que escupe un hilito de agua y está rodeado de helechos, plantas de climas cálidos y la reproducción de un tucán.

En el córner más destacado un cartel anuncia “El rincón de la dignidad”. Con la tipografía rojo sangre del “Nunca más” está escrita la frase “Un grito desesperado en una Argentina sorda”. Al lado hay una estatua de cera en tamaño natural de René Favaloro, que mira el horizonte donde ahora un cliente devora su medialuna. La estatua está sentada en un escritorio al lado de una silla vacía y un cartelito invita: “Puede sentarse y tomarse una fotografía”. Nos quedamos un rato pero nadie se acercó a tomarse ni una foto ni un café con Favaloro.

Mayo, 2015.

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Frío y lejos de casa

A todo el mundo le dije que estaba aprovechando una súper oferta de la línea aérea, que sólo en esa fecha ofrecía pasajes regalados-casi-gratis y que uno de los destinos más baratos era el sur de Argentina. Mentira. Quería irme lo más lejos posible, a un lugar frío y nevado, a estar sola y tranquila el día de mi cumpleaños. Pero eso que para algunos de nosotros es un bálsamo de felicidad para otros es una alerta de inminente depresión. Así que mentí y me fui. También dije que la señal de celular era pésima en esa zona, pero ese dato parece que resultó más creíble, o al menos despertó menos suspicacias.

Mi plan era llenar la valija de bufandas gruesas, medias de lana y esos pulóveres de llamitas con los que jamás me disfrazaría en Córdoba. Por suerte mi hermana y mi mamá están al día con los avances de la industria textil, y me prestaron su ropa inteligente (paréntesis para decir que me mata como el adjetivo “inteligente” se usa para cualquier objeto liviano y carísimo: teléfonos inteligentes, camperas inteligentes). Igual, el préstamo fue acertado, dejó lugar en el equipaje para un montón de libros y la verdad es que me abrigó mucho más que los zoquetes comprados en Jujuy que tengo hace años y nunca uso.

Llego a El Calafate una tarde de abril, fresca y limpia. La ciudad está enteramente dedicada al turista-primera-clase y la primera evidencia de eso es que cuando te tomás el transfer desde el aeropuerto ves cómo los demás son depositados en enormes hoteles de diseño pintoresco-boutique mientras los que quedan a bordo ponen cara de “paaabre” cuando el conductor grita tu nombre en la puerta de un hostel simpático-hippie. Lo bueno es que la calefacción funciona igual en cualquiera de los extremos: al máximo. En esos momentos pensás que la ropa que trajiste no es tan inteligente, porque sudás en espacios cerrados ambientados a temperatura tropical.

Paseo por el pueblo, que replica esa arquitectura símil Suiza, de casitas en las que podría vivir Heidi, y me detengo a tomar una cerveza artesanal en un barcito. La chica que me atiende parece de trece años pero tras charlar un rato me entero de que tiene veinte. Me cuenta que hace once años que vive en El Calafate y me sorprende que no diga un número redondo, que en lugar de diez diga once. Los tiene contados. Mientras tomo mi cerveza ahumada me cuenta que cuando se van los turistas, la provincia adquiere su dimensión real: en Santa Cruz hay un habitante por hectárea. Y cuando pronuncia la estadística suena en mi cabeza una ráfaga de viento helado que silba “qué poquitos”.

Lo bueno es que hasta hace unos años, esos poquitos patinaban en invierno en la laguna congelada pero ahora con todos los desechos tóxicos que deja el turismo el agua está tan contaminada que no se congela más. Me siento parte de los responsables de esa catástrofe, pero pido otra cerveza en lugar de pedir disculpas, tomarme un avión y regresar a mi casa a contaminar mi propia ciudad como hacemos todos. Le pregunto si quiere estudiar. Me dice que lo único que se puede estudiar en la Universidad son carreras vinculadas a la minería o al turismo, y que ella quiere estudiar Letras pero llegar a Buenos Aires o a Córdoba no es fácil. Estoy a punto de contarle que eso es lo que estudié, en un lugar sin lagos incongelables, pero me parece que es una ostentación. Así que opto por irme. Parece la madrugada pero son apenas las nueve de la noche. Está tan oscuro y hace tanto frío que me vuelvo al hostel. Y paso la primera noche de mis vacaciones durmiéndome a la hora de los Ingalls, pensando en mi vaso medio lleno.

En mi primer amanecer tengo agendada una excursión. Odio las excursiones, eso de andar en formato boyscout haciendo lo mismo a la misma hora que un montón de personas que simulan compañerismo. Pero no hay muchas opciones para hacer este paseo sola. Así que me subo a una combi con los que serán mis compañeros del día. Hay algo previsible en cómo se acomodan los roles: los guías actúan como docentes y los turistas como adolescentes compinches dispuestos a rebelarse apenas el guía mire para otro lado. Los estereotipos son hipérboles de gente que existe: está el señor mayor que hace chistes malos en voz alta y se arroga el rol del “jodón”, el brasileño que habla a los gritos y se queja todo el tiempo del frío que hace como si no supiera que está en la Patagonia, la pareja de argentinos que le explica a la pareja de españoles cuán caro está este país y se esmera en confirmar que Europa es mejor aunque nunca hayan ido.

El tour es para caminar arriba del glaciar. Apenas llegamos, nos ponen unos crampones, zapatos con clavos. Antes de empezar la caminata, la base del glaciar Perito Moreno emerge como una torta de bodas enorme. Pisar el glaciar es como caminar sobre una montaña de azúcar en tacos altos. Haber ido a una escuela para niños progres y ambientalistas crea adultos culposos: no puedo dejar de pensar en los cientos de personas que, como yo, cada día van apelmazando con sus pasos este río de hielo. Igual, ya pagué, así que sigo caminando, pero trato de dar pasos leves, como si eso alivianara la erosión.

El señor que hace chistes malos sin parar (ante el revoleo de ojos y la vergüenza de su esposa) quiere ser caballero y me ofrece la mano en una zona de bajadas de hielo. Le digo que no hace falta, que gracias, él insiste y en ese sí-pero-no se cae y su boina de buen tipo vuela por los aires. Genial, otra cosa por la que me siento culpable: soy parte de los que arruinan una de las maravillas naturales del planeta y la responsable de que este señor se quiebre la cadera. Por suerte, el hombre se levantó bien. Por suerte, ya no hizo más chistes.

Seguimos el trayecto. A cada paso, pienso que ese paisaje de suave hielo despierta unas extrañas ganas de lamer el piso. A cada paso, imagino que avanzo sobre una pradera de cristal dulce. Aparentemente, los guías conocen esa sensación, porque al final del paseo nos invitan un whisky y nos dejan ponerle todo el hielo que encontremos.

Al final, como una maestra de primaria que libera a sus alumnos en un recreo, el guía nos deja “una hora reloj” para ver el glaciar desde las pasarelas, solos, sin necesidad de movernos en bloque. Aprovecho para alejarme. Y, entonces, el glaciar se ve hermoso. Se acaban los adjetivos y ninguna foto o video es capaz de reproducir la experiencia de estar ahí. Es una criatura que nunca deja de emitir sonidos. Cuando se desprende un bloque de hielo suena como si en el centro de esa campiña helada un gigante diera un mordisco a una manzana. Y cuando el témpano cae al agua (no sé por qué parece que lo hiciera como en una tragedia en cámara lenta), la superficie que queda visible sangra con un flamante líquido azul, como una herida a la intemperie. Es como si se desmoronara un dominó de hielo y vos sólo pudieras ver caer la última ficha. Me olvido del tipo caído, del brasileño insoportable, del guía, y dejo de sacar fotos.

Me quedo un día más en El Calafate, hago otras excursiones y aprendo algunas cosas: que cada uno de los desprendimientos se llama “ablación” (otra vez esa idea de que sangra un órgano extirpado), que Calafate es el nombre de un arbusto, que los nombres de los árboles del frío me recuerdan a los cuentos escandinavos (abeto, álamo, alerce, fresno, ciprés), que el “perito” no es un nombre sino un cargo y que el señor se llamó Francisco Pascasio Moreno, que en Patagonia hay pueblos más jóvenes que yo (como El Chaltén, que nació en 1985) y que los perros en el sur son como las tortugas de Las Galápagos: se adaptaron al ambiente y son grandes como ponys y peludos como ovejas. Toda esa información, un día antes de cumplir 35.

Abril, 2015

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NY de noche

Ensayo número uno

Lo más difícil de experimentar en cualquier ciudad es su vida nocturna. No importa cuán descontroladas y vanguardistas sean las noches de Nueva York en las películas y los libros, si no tenés una brújula humana actualizada, pueden ser tan intensas como las de Las Varillas. Me refiero a que bares emblemáticos como el CBGB o Studio 54 ya no existen. A que para ir a los pubs de jazz de las películas de Woody Allen hay que reservar lugar. A que no hay GPS lo suficientemente in para indicarte cuál es el lugar que “se pone”. Es decir: si tenés suerte te pasan el dato del bar clandestino al que tenés que entrar con contraseña; si no, terminás en una fonda tomando cerveza caliente mientras alguien pone un tema de Reo Speedwagon en una rocola.

Con esa desorientación, decidimos salir en Nueva York la primera noche con mis dos amigas cordobesas. Estábamos en el East Village, barrio plagado de barcitos, así que creímos que no podía ser complicado encontrar un lugar para tomar unos tragos, charlar con gente y, quién te dice, hasta tirar unos pasos. Empezamos a caminar y entramos a uno, “The thirsty Buda”. El local era un noble establecimiento, con cerveza tirada y jugos artesanales (combinación ecuánime para un alcohólico o un vegano sediento), pero no tenía mucho más qué ofrecer. La inquietud de encontrar inquietos es parte de cualquier pesquisa nocturna, así que allí decidimos partir. Escuchamos música en otra puerta y entramos a lo que parecía ser la promesa de la velada y resultó ser un karaoke de borrachos cantando temas de Toto. Dos cervezas de 5 dólares y nos fuimos.

La ruta perdía rumbo e hicimos a escondidas el gesto vergonzoso del turista. Saqué de mi cartera la Guía de NY en Español y buscamos en el índice “bares en el East Village”. Aparecía uno llamado Nowhere, que es como ponerle a un bar de Córdoba “Un lugar”, y que una de mis amigas recordaba que era nombrado en una serie de TV en la que los personajes de la ficción decían que era una cosa de locos. Fuimos.

Después del momento absurdo de mostrar nuestros documentos para probarle al tipo de la puerta que sí, éramos mayores de 21 años (lo hacen en todos los bares, incluso si entrás con bastón), Nowhere emergió como un sucucho encantador, con música pop, una barra de neón, mucha gente, buena onda. Tomamos algo. Un radar que hasta esa noche creía no tener empezó a titilar. Pet Shop Boys sonaba en los parlantes y los hombres que nos rodeaban (todos eran hombres, de panzas prominentes y barbas trenzadas, lo cual en los primeros minutos fue motivo de celebración íntima de las tres) cantaban la letra de “Domino Dancig” de pe a pa.

Todas tenemos amigos gays, pero… (como dice Larry David, “Having said that”; o la versión de Louie, “Of course but maybe”) no era el plan de esa noche por más hetero-friendly que fueran nuestros nuevos mejores amigos osos. Todos necesitamos un estímulo aunque luego no hagamos nada con él. Le preguntamos al de la puerta por un bar para poder “bailar, tomar algo, y conocer chicos”. Nos envió a un lugar varias cuadras más distante, llamado Phoenix. Llovía, pero corrimos como estoicas adolescentes que quieren que una de la escasas noches neoyorquinas de sus vidas les dejen al menos una anécdota.

Phoenix tenía mejor música, mayoría chicos, esta vez hispters. Pero antes de llegar a la barra el radar con delay nos alertó que aunque no había osos estábamos en el bar gay joven del East Village. Otro. Volvimos a confiar en el informante de la puerta, pero esta vez mi amiga reformuló la pregunta: un lugar para poder “bailar, tomar algo, y conocer chicos straights”. El tipo, antes de responder, con parsimonia de burócrata nos puso un sello en la mano a cada una, que visto a la luz debe de haber tenido escrita la palabra “Loser”. Después nos dijo que ni idea. Que suerte con eso. O algo así en inglés.

Cada vez llovía más y el agua nos empujó al quinto bar de la noche, al que entramos para dejar de empaparnos un rato. El lugar era como un Delorean: machimbre en las paredes, mesitas de espejo (“Acá seguro esnifaban cocaína en los ’80”, observó una de mis amigas) y música disco lado B. Había: tres mujeres de al menos 60 años, una de ellas con un enorme tatuaje en el brazo; un hombre vestido de veterano de Vietnam y un chico coreano que bailaba cualquier tema como si fuera una hit de las Spice Girls. Lo pensé y lo dije: “Si nos quedamos acá, nos matamos por el coreógrafo de las Spice, que es lo más parecido a Don Draper que vamos a encontrar hoy”. Nos dirigimos entre las tres esa mirada cómplice que se subtitula como “Nos vamos ya” y estábamos otra vez en la calle, húmeda y vacía. En ese momento, tuve una de esas epifanías que la vida te reserva para un momento iluminado: si caigo en una isla desierta y las opciones son un gay, una vieja, un veterano de guerra y un adolescente coreano, peleo a muerte por el coreano.

La noche estaba terminada, volvíamos al departamento en el que dormía con madre y cada gota de lluvia que nos removía el rímel era una señal de desahucia. Una cuadra antes de llegar a casa, vimos luz en una peluquería, que resultó ser un bar-peluquería, “Beauty Saloon”. Sonaba música desde adentro y en la puerta tres chicos fumaban. No perdíamos nada con un último intento. Adentro, nos sentamos a tomar un trago con las cabezas perdidas debajo de difusores falsos. Sonaba The Cure, había una pequeña pista y estaba plagado de normcores, ese nombre de catálogo contemporáneo para nombrar a los “tipo, nada”, los comunes, nosotras. Eso, así, simple, era lo más parecido a una nochebuena que íbamos a encontrar. Así que sin quejarnos, bailamos todo el repertorio en orden cronológico del DJ, que empezaba en la década del 60 y terminaba en los 2000. Lo dimos todo en la pista. Hasta intentamos poner de moda un paso. A las 4 AM, la noche había remontado y habíamos finalizado con dignidad nuestra primera incursión nocturna en NY.
A la mañana siguiente, las tres teníamos en la mano el sello indeleble de Phoenix, que nunca expusimos a una luz negra para saber qué tenía escrito.

Ensayo número dos

Después de disfrutar de amenos happy hours con madre y de escuchar jazz con ella en uno de esos bares de las películas de Allen, la segunda noche fue la revancha, esta vez en el Lower East Side, tierra de homeless y bares cools escondidos, último barrio que gracias a su marginalidad resiste la gentrificación. Fuimos con una de mis amigas por un derrotero que no vale contar por pubs en los que el bartender se alegraba sólo de ver entrar a un ser humano. Hasta que vimos desde lejos a un grupo de chicas bajar unas escaleras en una esquina y desaparecer. Nos acercamos al punto en el que se las había tragado la tierra. Era la fachada de una juguetería cerrada y oscura. No se escuchaban ecos de música y la escalerita que se asomaba descendía a un túnel oscuro, de estrechas paredes de ladrillos descascarados. Al fondo, brillaba un farol.

Empecé a bajar pero mi amiga, que dejó salir su paranoia como un manantial de precauciones, se quedó arriba. Parada al lado de la vidriera de juguetes, sugería que nos volviéramos a dormir. Tras una breve intercambio de ideas, en el que yo insistía (más por pereza de regresar que por valentía) en que no podía pasar nada, la convencí. Caminamos varios metros por ese pasillo en el que Indiana Jones hubiera usado una linterna y llegamos una puerta, custodiada por un señor gordo sentado en un banquito minúsculo. Le mostramos los documentos y, finalmente, pasamos.

Como en una película de Kubrick, entramos al mejor bar de la gran manzana (al menos, para nuestro magro top five). Bajo una luz roja se veían paredes empapeladas de arabescos opacos, los sillones eran elegantes Luis XV, los cuadros y retratos antiguos te seguían con la mirada y en la barra servían los tragos en vajilla de té. “Falta que suene un charleston”, dije. “Y que aparezca el enano de Twin peaks”, observó mi amiga. Nos acodamos en la barra, bebimos algo, incómodas con nuestros tristes pilotos de lluvia que goteaban sobre la elegante alfombra. Para coronar la última noche de turistas pobres, un chico de smoking nos invitó a catar una nueva línea de whisky. Gratis. Whisky. Él nos explicó, mientras yo le pedía una medida más para “notar mejor los tonos de roble” que el decorado no era un mero capricho, sino un gesto de ecología historicista.

The Backroom (ese era el nombre del lugar) fue uno de los pocos bares clandestinos en la época de la ley seca y en los años ’20 era visitado por actores, celebridades y mafiosos. Desde entonces, el diseño del bar intenta mantener intacto el estilo del lugar y la entrada secreta. Así que ahí estábamos, las dos tomando whisky en tacitas de café, vestidas de turistas que compraron ropa usada, en el mismo lugar donde Lucky Luciano se distendía después de una jornada de dirigir el crimen organizado de todo el país.

La noche terminó cuando huimos de un demente que juraba que su abuelo era amigo de Jack Kerouac mientras nos mostraba una borrosa foto en su celular que lo comprobaba. Como si el dato biográfico fuera suficiente para tentarnos. Tenía una frase de Kurt Vonnegut tatuada en el brazo. Pero no la recuerdo.

Octubre, 2014.

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Diario diurno de Nueva York

Tengo una amiga que cuando junta algo de tiempo y dinero viaja al Chaco salteño a ayudar a los wichis. Yo reuní un poco de las dos cosas y me fui a Nueva York. Habiendo dicho esto y elucidando así el combo de culpa de clase y hedonismo, continúo (y me quedo con las ganas de empezar el párrafo citando una de las estrofas más logradas del rap de los ‘90: “Yo llegué a Nueva York a principio del verano…).

Pasé los tres días previos al viaje mordiéndome las uñas y cutículas, pensando sólo en el momento en el que iba entrar al país, con esa paranoia post 9/11 que alimenta la idea de que si tenés un pelo de la ceja con aire árabe calificás como posible terrorista. Ensayé varias veces la respuesta que daría a los agentes en el aeropuerto, que se resumía en un simple “Vacations with my mom” (y citar a mi madre-mecenas me parecía todo un detalle).

Después de aterrizar, cuando tuve que hacer el trámite en migraciones, estaba tan nerviosa que la frase estudiada parecía esconder el subtítulo “Tengo TNT en la mochila”. El hado que me acompaña siempre hizo que el agente de turno estuviera debutando en el trabajo. Giovanni Maschio (nunca olvidaré el cartelito con su nombre en el ojal de su camisa) temblaba más que yo, se equivocó al estampillar mi pasaporte y ante la mirada dura de su supervisora me pidió cuatro veces que apretara mis dedos en la máquina que escanea las huellas digitales. Por alguna razón, parecía imposible que el aparato leyera mis huellas y, mientras los demás pasajeros (incluida mi madre) iban felices a retirar su equipaje, yo seguía con Giovanni, presionando los dedos sobre un sensor inútil, una y otra vez. Cuando la situación se volvió incómoda (y mientras me imaginaba encerrada en un cuartito con un agente del FBI, explicando lo inexplicable) se me ocurrió despegar las cuatro curitas que me había puesto el día anterior para esconder las cutículas mordisqueadas y sangrantes. Cuando las saqué y apoyé mis dedos blancos y arrugados sobre el censor, Giovanni y yo logramos nuestros objetivos. Como en el final feliz de un western aeroportuario, crucé la frontera, él terminó su trabajo, la supervisora hizo un gesto de asentimiento y bien podría haber sonado el himno de los Estados Unidos como epílogo triunfal del absurdo episodio.

Busqué mi valija, que viajaba sola y en círculos por la cinta de equipaje, y puse el primer pie en NY.

Surge una sensación extraña cuando recorrés la ciudad los primeros días. Sentís que ya estuviste ahí, como cuando ves a un actor famoso en la calle y tenés el instinto de ir a saludarlo porque ya lo conocés, porque lo viste mil veces y la falsa cercanía de la pantalla te engaña. Las escaleras de incendio de los edificios del East Village son las mismas de la casa de Frankie and Jhonny, de los restaurantes de Little Italy podría asomar Vito Corleone, las alcantarillas humean de noche como en Taxi Driver, en el subte hay más de uno que se parece al fantasma de Patrick Swayze. El cine fue y es la mejor campaña turística de esta ciudad plagada de citas, hecha de un mapa de intertextos. Es inevitable sentarte en un bar de la Quinta Avenida y pedir un Old Fashioned mientras esperás que por la puerta aparezca Don Draper y se saque el sombrero.

Y ese fue el viaje que elegí, mientras le explicaba a mi mamá qué eran todas esas referencias que forman parte de la educación sentimental de todos los que fuimos al cine o tuvimos cable en la década de 1990. Los primeros días llegó de visita una amiga, con la que nos perdimos en el Central Park evocando los devaneos de Holden Caulfield (era verano, así que no pudimos ver si los patos se llevaban volando el lago congelado) y hablamos de chicos con la vehemencia de la serie Girls aunque tenemos la edad de las mujeres de Sex and the city. Hicimos con ella todos los “must”: caminar por The High Line y Chelsea (todo muy lindo, muy orgánico y muy caro), fuimos a ver ejemplares de hipsters hiperbólicos a Williamsburgh (incluso tuvimos la oportunidad de ver una rareza, un hispter gordo y con moñito, que equivale a ser biólogo y ver en su hábitat a un tigre albino) y comprobamos en el Museo de Arte Moderno que las latas de sopa de Warhol generan el mismo furor entre los turistas japoneses que la Mona Lisa en el Louvre: no quieren verlas, quieren decir que las vieron y tener una prueba incuestionable de esa experiencia. Varios días más tarde nos admitimos que, por separado y a escondidas, las dos también nos sacamos fotos con las latas Campbell.

Unos días más tarde, llegó otra amiga, con la que hicimos un tour gastro-fandom: nos fuimos al Bar de Tom, donde se juntaba Seinfeld y sus amigos en la serie, y nos pedimos cheeseburguers con Coca-Cola sólo para poder hablar de nada ahí sentadas; nos sacamos una foto en la sandwichería Katz y recordamos en la puerta el simulacro de orgasmo de Meg Ryan en Cuando Harry conoció a Sally; y devoramos unos dumplings baratos en un chino del Lower East Side.

De todos los paseos obvios de NY (Broadway, el puente Brooklyn, el Met, los bares de jazz, las misas gospels, el ferry a la estatua de la libertad y demás recomendaciones de las guías turísticas) hubo una persona y un lugar que escaparon a la previsión. Empiezo por el lugar. Caminando sin rumbo con madre, llegamos al ground zero, el agujero negro donde una vez estuvieron las Torres Gemelas, repleto de personas sacando fotos a no sé qué y ramos de flores envueltos en estrellado papel patriótico. Hay un museo, al que no fuimos, y una tienda del museo. Soy de esas personas que pasean rápido por los museos y se quedan horas en sus tiendas, así que entré. Hay souvenires insólitos: aros en forma de un árbol que mágicamente quedó en pie tras la explosión, libros para niños con títulos que buscan las mil metáforas para la palabra “resiliencia”, vajillas conmemorativas y una imagen que se repite mil veces: la de los oficiales de la policía de NY. Peluches de ositos con uniformes de NYPD, pulseritas con las siglas de la fuerza, ropa para perros, remeras en todos los talles con la insignia policial. La necesidad de construir héroes se derrama en forma de merchandising ATP, con la misma estrategia con la que se difunden los caramelos M&M. De los villanos no hay rastros icónicos y de las Torres tampoco.

Cuando terminaba cada día, volvíamos exhaustas al departamento que habíamos alquilado. Estaba en un edificio de cinco pisos y nosotras vivíamos en el último. Sólo por haberlo visto en películas deduje que la alarma contra incendios iba a encender una ducha helada ante cualquier rastro de humo, así que después de la cena, cada noche, subía en pantuflas las escaleras para poder fumar en la terraza, sola, escuchando las luces y mirando los ruidos de la ciudad (un caos sobre un telón de fondo que siempre era el eco neurótico de una ambulancia).

La terraza era un desierto de colillas rancias, con alguna reposera herrumbrada por soles y lluvias y nada más. Nunca había nadie, al igual que en el edificio, en el que jamás nos cruzábamos con vecinos. La cuarta noche, cuando había pasado el tiempo suficiente en vacaciones para convertir una excursión en un hábito, subí a la terraza como si fuera el patio de mi propia casa y me tropecé en la puerta con un bulto que dijo Ay. La luz del pasillo alumbraba un cuerpo en posición fetal, durmiendo. En dos segundos, imaginé que un homeless se había colado en el edificio para pasar la noche ahí, durmiendo en el hall de la terraza, quejándose porque un desconsiderado de los habitantes lo había pisado sin querer. En el tercer segundo dije algo que sonó a disculpa comedida, di un saltito por arriba de su cuerpo, y salí a la terraza. Cada aspiración del cigarrillo era una pregunta: ¿Quién es? ¿Cómo entró? ¿Qué hace acá? ¿Me va a atacar por la espalda mientras fumo? ¿Qué hacer: avisarle a alguien (pero a quién), preguntarle estas cosas a él en su cara, hacer como si nada y volver al departamento? Opté por la última opción, regresé, volví a pedirle disculpas por saltar por encima de él, y me fui a dormir.

Al día siguiente, subí por la tarde y seguía ahí. Sentado, apoyado en la pared, leyendo el New York Times (la edición de ese mismo día). Era joven, negro (en la versión guapa, no en versión Denzel Washington), tenía unas botitas marrones impecables, un par de jeans ajustados, una camisa y la actitud de quien está en un Starbucks aprovechando el wifi. Lo saludé con un hola, salí a fumar, volví (esta vez sin pisarlo) y ya. El encuentro se repitió igual los siguientes 10 días, hasta que el saludo se convirtió en el gesto despreocupado a un vecino. Él dormía ahí y qué más daba. Podía ser un homeless, uno que estaba momentáneamente sin trabajo, un squatter en la ciudad menos apta para squattear del mundo, un poeta. Lo cierto es que no nos molestábamos y yo sacaba mis conjeturas en silencio. Una de las últimas noches que pasé ahí, antes de volver, descubrí que él también había sacado las suyas. Fue la primera vez que conversamos, pero él hizo todas las preguntas y yo ninguna. “¿Sos francesa, no?”, me dijo final y así destruyó mi falsa idea de que mi acento en inglés no se nota. Y todos saben que los franceses hablan un inglés feísimo.

Pasaron otras cosas, claro, que escribiré alguna otra vez, sobre el momento en el que encontré a Jemaine Clement de la serie The flight of the conchords y lo acosé; cuando conocí una señora de 100 años perdida en Brooklyn que nos preguntaba por tiendas que ya no existían; o cuando en Strawbery Fields escuchamos a un guitarrista que cantaba temas por monedas y explicaba: “Este es un homenaje a John Lennon. Si no saben quién era, era uno de los Beatles. Si no saben quiénes eran los Beatles, eran como los One Direction hace 50 años”.

NY. Septiembre de 2014

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Lista romana

No es que uno quiera hacerse el excéntrico ni el viajero indie que desprecia los recomendados de Lonely Planet porque “quiere encontrar una esquina copada”. Pero pasa a veces que las ciudades que todo el mundo adora no te mueven un pelo. Creo, por ejemplo, que París no vale una misa. Y que no todos los caminos conducen a Roma. La primera vez que fui a la capital italiana llovía todo el tiempo, los lugares turísticos estaban atiborrados de gente que tiraba monedas a la Fontana Di Trevi como si fueran misiles letales (no entiendo como nadie perdió un ojo todavía), y los habitantes hablaban a los gritos en la calle. La segunda vez que fui todo seguía igual. Pero me propuse tener una revancha y conocer la ciudad no con la mirada inquieta de los veinti, sino con la contemplación de mis treintis (adjudicándole vaya uno a saber qué clase de capacidad contemplativa a mi tercera década).

Así que volví. Dos días sola y otros tres acompañada por una amiga cordobesa que después de dos meses en Italia ya podía arreglárselas para pedirle la cuenta a un mozo sin titubear y no cagarse de risa como lo hago yo hasta el día de hoy cuando escucha la frase “Io faccio colazione”. No sé por qué, me causan gracia algunas frases en italiano. Creo que es la mera impotencia de no poder hablarlo o, peor, intentarlo y terminar diciendo cosas con acento portugués. No hablo ninguno de los dos idiomas, por cierto.

Reservamos un hostel que en Google Maps parecía muy céntrico pero que a escala de la vida real estaba casi en la periferia. Igual, con mucha alegría y paraguas emprendimos cada día el camino de caminata de cuatro cuadras+colectivo+dos subterráneos para llegar a la meca romana. Y repasamos la ruta de rigor: otra vez la Fontana con turistas desesperados y dispuestos a hacer un clavado en el agua como si estuvieran en La dolce vita, vimos cómo la tumba de Rafael en el Panteón reunía más fans de la necrofilia que la de Jim Morrison (que es, lejos, una de las más populares), y dijimos No mil veces y en todos los idiomas que conocemos a los que te ofrecen dibujos, pinturas, souvenires y otras cositas en la superpoblada Piazza Navona. Es increíble como un lugar abierto puede provocarte esa sensación de asfixia.

El viaje, después de esos capítulos obligados, se puso interesante. Como cuando visitamos el Coliseo sin comprar ningún plano, librito, audioguía ni nada y nos pasamos las dos horas escuchando de refilón lo que contaban los guías contratados por varios contingentes. Completamos la información histórica con datos sueltos que yo me acordaba de Ásterix. Como muchos, sé más cosas del imperio romano por los libros de historieta de los galos que por las clases de historia con mayúscula. Y de todas las reliquias de las vitrinas nos reímos un buen rato con unos “carozos de durazno” supuestamente conservados intactos desde el siglo II. Sí, claro.

Le sacamos varias fotos a la tumba del soldado desconocido, pero muchas más a una gaviota que posaba con carisma de diva de cine en lo más alto de esa torre; nos quedamos dos horas hablando del futuro en la escaleras de Trinitá dei Monti, mientras tomábamos unas latas de cerveza; y cuando llegamos a Campo dei Fiori mi amiga me deleitó con una explicación que parecía un poema sobre la vida de Giordano Bruno, mientras miraba con admiración eterna su estatua rodeada de puestos de comida. Ahí devoramos un filet de bacalao como si fuera un palito de helado. Y esa misma noche nos perdimos en las calles del barrio de Trastévere, sentadas en las plazas mirando espectáculos callejeros (en uno, encontramos al doble italiano de Jorge Cuello).

En medio de los paseos, mi amiga hacía deliciosas observaciones como “Esto está roto”, ante ruinas de miles de años; comparamos a los emperadores romanos con su contemporáneo, Berlusconi; hicimos nuestros particulares análisis sobre la forma fálica de los obeliscos de todas las plazas y nos hartamos de ver estampitas, remeras, prendedores y merchandising varios del papa Francisco. Pero al Vaticano no fuimos.

Roma, noviembre de 2013

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Ensalada griega

Hace poco leí una entrevista en la que el periodista Jon Anderson decía que comenzar un reportaje debería ser como llegar a una ciudad desconocida: llegar sin saber nada. Así llegamos con mi hermana a Atenas, de la que no sabíamos nada. Al menos, nada que haya sucedido en los últimos dos mil años. Es decir que a la reiterada pregunta que tanto escuché al volver (¿Y? ¿Se nota la crisis?) mi respuesta es: Ni puta idea. No tengo con qué comparar el estado de la ciudad, ni se me ocurre una método efectivo de medición de emergencias económicas, y no puedo saber si Atenas siempre fue así o si cambió en los últimos tiempos.

Sé que hay algunas veredas con baldosas rotas, que mientras estábamos paradas en una esquina pasó un tipo y nos escupió mientras mascullaba algunas palabras en griego con el idioma universal de los locos urbanos, que en el subte una nena gitana tocaba el acordeón a cambio de monedas en un cuadro muy Oliver Twist, que encontré un lugar en el que vendían ropa por kilo, y que a pesar de que alguien me había advertido que se trataba de “una ciudad fea” llena de gente “muy maleducada”, a mí me pareció interesante y los griegos que conocí, muy amables. Además, los hombres están bastante buenos, y convengamos que ver pasar un promedio de dos Adonis vivientes por cuadra, de ojos turcos y barba espesa, le da su encanto al paisaje.

Lo demás, sí, está hecho polvo. Pero ignoro si esa es una cualidad de la ciudad o un síntoma de crisis. Y así como no hay ni una sola escultura a la que no le falte un brazo o la mitad de la cara, el hotel al que fuimos, para no desentonar con el clima urbano, estaba en ruinas. Digamos que el valor añadido está en la edad de las ruinas (aunque la entrada al Partenón y la noche en el hotel valían lo mismo).

Lo cierto es que la cuna de la cultura occidental tiene su aura y es fascinante ver la naturalidad con la que se mueven los griegos en el barrio de Plaka, apurados con las bolsas del súper o dentro de miles de autos que zumban por las avenidas, como si la Acrópolis siempre hubiera estado ahí, qué tanto. Algo de razón tienen, sin embargo. Porque después de un par de días y caminatas realmente estoicas, una piedra se convierte en eso, simplemente una piedra. Eso no quita, por ejemplo, que sea emocionante estar parado en el Teatro de Dionisios e imaginar que ahí se estrenaron las tragedias de Sófocles, o que quizás en ese rincón en el que estás sentado pasó caminando Eurípides en sandalias.

Y, claro, Grecia tiene sus cligés: la ensalada griega puede ser deliciosa en algunos lugares o una auténtica parodia gastronómica en otros, la cerveza nacional se llama Mythos (lo juro) y los miles de gatos callejeros parece que maullaran en alfabeto griego. Y, según la opinión de algunos ciudadanos, tenemos varias cosas en común con ellos, a los que la tele les ofrece en el prime time, “esa novela argentina de la chica que busca novio”, según me contó una señora (terminé adivinando que se trataba de Ciega a citas). Ellos mismos, incluso, hacen exhaustivas comparaciones entre el momento económico actual y “la crisis argentina de 2001”, como me explicó un señor gordo que tenía una tienda de especias.

Tras pasar por Atenas, con tres amigas más (brasileñas ellas) huimos a la isla de Santorini, que al principio parece un paraíso soñado y tras varios días se convierte en un set romántico plagado de parejas de japoneses que van a casarse ahí o a sacarse fotos (miles, millones, billones de fotos), ellos de smoking aunque haga 30 grados, y ellas, con incómodos vestidos blancos. Nosotros éramos cinco chicas, en un cuadro más cercano a la película Spring Breakers que a Mi gran casamiento griego.

Alquilamos un auto, buscamos un mapa, y así recorrimos las playas griegas, gracias a las dotes de conductora de una de las brasileñas, la única que tenía una licencia de conducir internacional y que tras manejar en las curvas, laderas y rutas destruidas de Santorini y la isla de Mykonos, podría exigir que la den la licencia intergaláctica.

En esas islas hicimos el ritual del buen visitante en temporada baja: hacer nada. Sólo recuerdo que en una de las playas más rectas y solitarias que vi, mi hermana se las arregló para perderse como un niño en Mar del Plata y que nos costó varios días llegar a decir “gracias” (la única palabra griega que aprendí, se dice así: ευχαριστώ). Y aunque la comunicación justamente por eso era difícil (incluso entre nosotras era complicada, en un portuñol que parecía sánscrito), nada impidió que terminemos nuestro viaje bailando Get Lucky en una tradicional discoteca de Mykonos, plagada de parejas de japoneses que demostraban que como bailarines son buenos fotógrafos.

También pensamos en conocer otras islas, como Ítaca o Creta, pero decidimos desistir, mejor pasarla en la playa tomando cervezas que hacernos las snobs.

Octubre, 2013

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