Ensalada griega

Hace poco leí una entrevista en la que el periodista Jon Anderson decía que comenzar un reportaje debería ser como llegar a una ciudad desconocida: llegar sin saber nada. Así llegamos con mi hermana a Atenas, de la que no sabíamos nada. Al menos, nada que haya sucedido en los últimos dos mil años. Es decir que a la reiterada pregunta que tanto escuché al volver (¿Y? ¿Se nota la crisis?) mi respuesta es: Ni puta idea. No tengo con qué comparar el estado de la ciudad, ni se me ocurre una método efectivo de medición de emergencias económicas, y no puedo saber si Atenas siempre fue así o si cambió en los últimos tiempos.

Sé que hay algunas veredas con baldosas rotas, que mientras estábamos paradas en una esquina pasó un tipo y nos escupió mientras mascullaba algunas palabras en griego con el idioma universal de los locos urbanos, que en el subte una nena gitana tocaba el acordeón a cambio de monedas en un cuadro muy Oliver Twist, que encontré un lugar en el que vendían ropa por kilo, y que a pesar de que alguien me había advertido que se trataba de “una ciudad fea” llena de gente “muy maleducada”, a mí me pareció interesante y los griegos que conocí, muy amables. Además, los hombres están bastante buenos, y convengamos que ver pasar un promedio de dos Adonis vivientes por cuadra, de ojos turcos y barba espesa, le da su encanto al paisaje.

Lo demás, sí, está hecho polvo. Pero ignoro si esa es una cualidad de la ciudad o un síntoma de crisis. Y así como no hay ni una sola escultura a la que no le falte un brazo o la mitad de la cara, el hotel al que fuimos, para no desentonar con el clima urbano, estaba en ruinas. Digamos que el valor añadido está en la edad de las ruinas (aunque la entrada al Partenón y la noche en el hotel valían lo mismo).

Lo cierto es que la cuna de la cultura occidental tiene su aura y es fascinante ver la naturalidad con la que se mueven los griegos en el barrio de Plaka, apurados con las bolsas del súper o dentro de miles de autos que zumban por las avenidas, como si la Acrópolis siempre hubiera estado ahí, qué tanto. Algo de razón tienen, sin embargo. Porque después de un par de días y caminatas realmente estoicas, una piedra se convierte en eso, simplemente una piedra. Eso no quita, por ejemplo, que sea emocionante estar parado en el Teatro de Dionisios e imaginar que ahí se estrenaron las tragedias de Sófocles, o que quizás en ese rincón en el que estás sentado pasó caminando Eurípides en sandalias.

Y, claro, Grecia tiene sus cligés: la ensalada griega puede ser deliciosa en algunos lugares o una auténtica parodia gastronómica en otros, la cerveza nacional se llama Mythos (lo juro) y los miles de gatos callejeros parece que maullaran en alfabeto griego. Y, según la opinión de algunos ciudadanos, tenemos varias cosas en común con ellos, a los que la tele les ofrece en el prime time, “esa novela argentina de la chica que busca novio”, según me contó una señora (terminé adivinando que se trataba de Ciega a citas). Ellos mismos, incluso, hacen exhaustivas comparaciones entre el momento económico actual y “la crisis argentina de 2001”, como me explicó un señor gordo que tenía una tienda de especias.

Tras pasar por Atenas, con tres amigas más (brasileñas ellas) huimos a la isla de Santorini, que al principio parece un paraíso soñado y tras varios días se convierte en un set romántico plagado de parejas de japoneses que van a casarse ahí o a sacarse fotos (miles, millones, billones de fotos), ellos de smoking aunque haga 30 grados, y ellas, con incómodos vestidos blancos. Nosotros éramos cinco chicas, en un cuadro más cercano a la película Spring Breakers que a Mi gran casamiento griego.

Alquilamos un auto, buscamos un mapa, y así recorrimos las playas griegas, gracias a las dotes de conductora de una de las brasileñas, la única que tenía una licencia de conducir internacional y que tras manejar en las curvas, laderas y rutas destruidas de Santorini y la isla de Mykonos, podría exigir que la den la licencia intergaláctica.

En esas islas hicimos el ritual del buen visitante en temporada baja: hacer nada. Sólo recuerdo que en una de las playas más rectas y solitarias que vi, mi hermana se las arregló para perderse como un niño en Mar del Plata y que nos costó varios días llegar a decir “gracias” (la única palabra griega que aprendí, se dice así: ευχαριστώ). Y aunque la comunicación justamente por eso era difícil (incluso entre nosotras era complicada, en un portuñol que parecía sánscrito), nada impidió que terminemos nuestro viaje bailando Get Lucky en una tradicional discoteca de Mykonos, plagada de parejas de japoneses que demostraban que como bailarines son buenos fotógrafos.

También pensamos en conocer otras islas, como Ítaca o Creta, pero decidimos desistir, mejor pasarla en la playa tomando cervezas que hacernos las snobs.

Octubre, 2013

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