Lista romana

No es que uno quiera hacerse el excéntrico ni el viajero indie que desprecia los recomendados de Lonely Planet porque “quiere encontrar una esquina copada”. Pero pasa a veces que las ciudades que todo el mundo adora no te mueven un pelo. Creo, por ejemplo, que París no vale una misa. Y que no todos los caminos conducen a Roma. La primera vez que fui a la capital italiana llovía todo el tiempo, los lugares turísticos estaban atiborrados de gente que tiraba monedas a la Fontana Di Trevi como si fueran misiles letales (no entiendo como nadie perdió un ojo todavía), y los habitantes hablaban a los gritos en la calle. La segunda vez que fui todo seguía igual. Pero me propuse tener una revancha y conocer la ciudad no con la mirada inquieta de los veinti, sino con la contemplación de mis treintis (adjudicándole vaya uno a saber qué clase de capacidad contemplativa a mi tercera década).

Así que volví. Dos días sola y otros tres acompañada por una amiga cordobesa que después de dos meses en Italia ya podía arreglárselas para pedirle la cuenta a un mozo sin titubear y no cagarse de risa como lo hago yo hasta el día de hoy cuando escucha la frase “Io faccio colazione”. No sé por qué, me causan gracia algunas frases en italiano. Creo que es la mera impotencia de no poder hablarlo o, peor, intentarlo y terminar diciendo cosas con acento portugués. No hablo ninguno de los dos idiomas, por cierto.

Reservamos un hostel que en Google Maps parecía muy céntrico pero que a escala de la vida real estaba casi en la periferia. Igual, con mucha alegría y paraguas emprendimos cada día el camino de caminata de cuatro cuadras+colectivo+dos subterráneos para llegar a la meca romana. Y repasamos la ruta de rigor: otra vez la Fontana con turistas desesperados y dispuestos a hacer un clavado en el agua como si estuvieran en La dolce vita, vimos cómo la tumba de Rafael en el Panteón reunía más fans de la necrofilia que la de Jim Morrison (que es, lejos, una de las más populares), y dijimos No mil veces y en todos los idiomas que conocemos a los que te ofrecen dibujos, pinturas, souvenires y otras cositas en la superpoblada Piazza Navona. Es increíble como un lugar abierto puede provocarte esa sensación de asfixia.

El viaje, después de esos capítulos obligados, se puso interesante. Como cuando visitamos el Coliseo sin comprar ningún plano, librito, audioguía ni nada y nos pasamos las dos horas escuchando de refilón lo que contaban los guías contratados por varios contingentes. Completamos la información histórica con datos sueltos que yo me acordaba de Ásterix. Como muchos, sé más cosas del imperio romano por los libros de historieta de los galos que por las clases de historia con mayúscula. Y de todas las reliquias de las vitrinas nos reímos un buen rato con unos “carozos de durazno” supuestamente conservados intactos desde el siglo II. Sí, claro.

Le sacamos varias fotos a la tumba del soldado desconocido, pero muchas más a una gaviota que posaba con carisma de diva de cine en lo más alto de esa torre; nos quedamos dos horas hablando del futuro en la escaleras de Trinitá dei Monti, mientras tomábamos unas latas de cerveza; y cuando llegamos a Campo dei Fiori mi amiga me deleitó con una explicación que parecía un poema sobre la vida de Giordano Bruno, mientras miraba con admiración eterna su estatua rodeada de puestos de comida. Ahí devoramos un filet de bacalao como si fuera un palito de helado. Y esa misma noche nos perdimos en las calles del barrio de Trastévere, sentadas en las plazas mirando espectáculos callejeros (en uno, encontramos al doble italiano de Jorge Cuello).

En medio de los paseos, mi amiga hacía deliciosas observaciones como “Esto está roto”, ante ruinas de miles de años; comparamos a los emperadores romanos con su contemporáneo, Berlusconi; hicimos nuestros particulares análisis sobre la forma fálica de los obeliscos de todas las plazas y nos hartamos de ver estampitas, remeras, prendedores y merchandising varios del papa Francisco. Pero al Vaticano no fuimos.

Roma, noviembre de 2013

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