Diario diurno de Nueva York

Tengo una amiga que cuando junta algo de tiempo y dinero viaja al Chaco salteño a ayudar a los wichis. Yo reuní un poco de las dos cosas y me fui a Nueva York. Habiendo dicho esto y elucidando así el combo de culpa de clase y hedonismo, continúo (y me quedo con las ganas de empezar el párrafo citando una de las estrofas más logradas del rap de los ‘90: “Yo llegué a Nueva York a principio del verano…).

Pasé los tres días previos al viaje mordiéndome las uñas y cutículas, pensando sólo en el momento en el que iba entrar al país, con esa paranoia post 9/11 que alimenta la idea de que si tenés un pelo de la ceja con aire árabe calificás como posible terrorista. Ensayé varias veces la respuesta que daría a los agentes en el aeropuerto, que se resumía en un simple “Vacations with my mom” (y citar a mi madre-mecenas me parecía todo un detalle).

Después de aterrizar, cuando tuve que hacer el trámite en migraciones, estaba tan nerviosa que la frase estudiada parecía esconder el subtítulo “Tengo TNT en la mochila”. El hado que me acompaña siempre hizo que el agente de turno estuviera debutando en el trabajo. Giovanni Maschio (nunca olvidaré el cartelito con su nombre en el ojal de su camisa) temblaba más que yo, se equivocó al estampillar mi pasaporte y ante la mirada dura de su supervisora me pidió cuatro veces que apretara mis dedos en la máquina que escanea las huellas digitales. Por alguna razón, parecía imposible que el aparato leyera mis huellas y, mientras los demás pasajeros (incluida mi madre) iban felices a retirar su equipaje, yo seguía con Giovanni, presionando los dedos sobre un sensor inútil, una y otra vez. Cuando la situación se volvió incómoda (y mientras me imaginaba encerrada en un cuartito con un agente del FBI, explicando lo inexplicable) se me ocurrió despegar las cuatro curitas que me había puesto el día anterior para esconder las cutículas mordisqueadas y sangrantes. Cuando las saqué y apoyé mis dedos blancos y arrugados sobre el censor, Giovanni y yo logramos nuestros objetivos. Como en el final feliz de un western aeroportuario, crucé la frontera, él terminó su trabajo, la supervisora hizo un gesto de asentimiento y bien podría haber sonado el himno de los Estados Unidos como epílogo triunfal del absurdo episodio.

Busqué mi valija, que viajaba sola y en círculos por la cinta de equipaje, y puse el primer pie en NY.

Surge una sensación extraña cuando recorrés la ciudad los primeros días. Sentís que ya estuviste ahí, como cuando ves a un actor famoso en la calle y tenés el instinto de ir a saludarlo porque ya lo conocés, porque lo viste mil veces y la falsa cercanía de la pantalla te engaña. Las escaleras de incendio de los edificios del East Village son las mismas de la casa de Frankie and Jhonny, de los restaurantes de Little Italy podría asomar Vito Corleone, las alcantarillas humean de noche como en Taxi Driver, en el subte hay más de uno que se parece al fantasma de Patrick Swayze. El cine fue y es la mejor campaña turística de esta ciudad plagada de citas, hecha de un mapa de intertextos. Es inevitable sentarte en un bar de la Quinta Avenida y pedir un Old Fashioned mientras esperás que por la puerta aparezca Don Draper y se saque el sombrero.

Y ese fue el viaje que elegí, mientras le explicaba a mi mamá qué eran todas esas referencias que forman parte de la educación sentimental de todos los que fuimos al cine o tuvimos cable en la década de 1990. Los primeros días llegó de visita una amiga, con la que nos perdimos en el Central Park evocando los devaneos de Holden Caulfield (era verano, así que no pudimos ver si los patos se llevaban volando el lago congelado) y hablamos de chicos con la vehemencia de la serie Girls aunque tenemos la edad de las mujeres de Sex and the city. Hicimos con ella todos los “must”: caminar por The High Line y Chelsea (todo muy lindo, muy orgánico y muy caro), fuimos a ver ejemplares de hipsters hiperbólicos a Williamsburgh (incluso tuvimos la oportunidad de ver una rareza, un hispter gordo y con moñito, que equivale a ser biólogo y ver en su hábitat a un tigre albino) y comprobamos en el Museo de Arte Moderno que las latas de sopa de Warhol generan el mismo furor entre los turistas japoneses que la Mona Lisa en el Louvre: no quieren verlas, quieren decir que las vieron y tener una prueba incuestionable de esa experiencia. Varios días más tarde nos admitimos que, por separado y a escondidas, las dos también nos sacamos fotos con las latas Campbell.

Unos días más tarde, llegó otra amiga, con la que hicimos un tour gastro-fandom: nos fuimos al Bar de Tom, donde se juntaba Seinfeld y sus amigos en la serie, y nos pedimos cheeseburguers con Coca-Cola sólo para poder hablar de nada ahí sentadas; nos sacamos una foto en la sandwichería Katz y recordamos en la puerta el simulacro de orgasmo de Meg Ryan en Cuando Harry conoció a Sally; y devoramos unos dumplings baratos en un chino del Lower East Side.

De todos los paseos obvios de NY (Broadway, el puente Brooklyn, el Met, los bares de jazz, las misas gospels, el ferry a la estatua de la libertad y demás recomendaciones de las guías turísticas) hubo una persona y un lugar que escaparon a la previsión. Empiezo por el lugar. Caminando sin rumbo con madre, llegamos al ground zero, el agujero negro donde una vez estuvieron las Torres Gemelas, repleto de personas sacando fotos a no sé qué y ramos de flores envueltos en estrellado papel patriótico. Hay un museo, al que no fuimos, y una tienda del museo. Soy de esas personas que pasean rápido por los museos y se quedan horas en sus tiendas, así que entré. Hay souvenires insólitos: aros en forma de un árbol que mágicamente quedó en pie tras la explosión, libros para niños con títulos que buscan las mil metáforas para la palabra “resiliencia”, vajillas conmemorativas y una imagen que se repite mil veces: la de los oficiales de la policía de NY. Peluches de ositos con uniformes de NYPD, pulseritas con las siglas de la fuerza, ropa para perros, remeras en todos los talles con la insignia policial. La necesidad de construir héroes se derrama en forma de merchandising ATP, con la misma estrategia con la que se difunden los caramelos M&M. De los villanos no hay rastros icónicos y de las Torres tampoco.

Cuando terminaba cada día, volvíamos exhaustas al departamento que habíamos alquilado. Estaba en un edificio de cinco pisos y nosotras vivíamos en el último. Sólo por haberlo visto en películas deduje que la alarma contra incendios iba a encender una ducha helada ante cualquier rastro de humo, así que después de la cena, cada noche, subía en pantuflas las escaleras para poder fumar en la terraza, sola, escuchando las luces y mirando los ruidos de la ciudad (un caos sobre un telón de fondo que siempre era el eco neurótico de una ambulancia).

La terraza era un desierto de colillas rancias, con alguna reposera herrumbrada por soles y lluvias y nada más. Nunca había nadie, al igual que en el edificio, en el que jamás nos cruzábamos con vecinos. La cuarta noche, cuando había pasado el tiempo suficiente en vacaciones para convertir una excursión en un hábito, subí a la terraza como si fuera el patio de mi propia casa y me tropecé en la puerta con un bulto que dijo Ay. La luz del pasillo alumbraba un cuerpo en posición fetal, durmiendo. En dos segundos, imaginé que un homeless se había colado en el edificio para pasar la noche ahí, durmiendo en el hall de la terraza, quejándose porque un desconsiderado de los habitantes lo había pisado sin querer. En el tercer segundo dije algo que sonó a disculpa comedida, di un saltito por arriba de su cuerpo, y salí a la terraza. Cada aspiración del cigarrillo era una pregunta: ¿Quién es? ¿Cómo entró? ¿Qué hace acá? ¿Me va a atacar por la espalda mientras fumo? ¿Qué hacer: avisarle a alguien (pero a quién), preguntarle estas cosas a él en su cara, hacer como si nada y volver al departamento? Opté por la última opción, regresé, volví a pedirle disculpas por saltar por encima de él, y me fui a dormir.

Al día siguiente, subí por la tarde y seguía ahí. Sentado, apoyado en la pared, leyendo el New York Times (la edición de ese mismo día). Era joven, negro (en la versión guapa, no en versión Denzel Washington), tenía unas botitas marrones impecables, un par de jeans ajustados, una camisa y la actitud de quien está en un Starbucks aprovechando el wifi. Lo saludé con un hola, salí a fumar, volví (esta vez sin pisarlo) y ya. El encuentro se repitió igual los siguientes 10 días, hasta que el saludo se convirtió en el gesto despreocupado a un vecino. Él dormía ahí y qué más daba. Podía ser un homeless, uno que estaba momentáneamente sin trabajo, un squatter en la ciudad menos apta para squattear del mundo, un poeta. Lo cierto es que no nos molestábamos y yo sacaba mis conjeturas en silencio. Una de las últimas noches que pasé ahí, antes de volver, descubrí que él también había sacado las suyas. Fue la primera vez que conversamos, pero él hizo todas las preguntas y yo ninguna. “¿Sos francesa, no?”, me dijo final y así destruyó mi falsa idea de que mi acento en inglés no se nota. Y todos saben que los franceses hablan un inglés feísimo.

Pasaron otras cosas, claro, que escribiré alguna otra vez, sobre el momento en el que encontré a Jemaine Clement de la serie The flight of the conchords y lo acosé; cuando conocí una señora de 100 años perdida en Brooklyn que nos preguntaba por tiendas que ya no existían; o cuando en Strawbery Fields escuchamos a un guitarrista que cantaba temas por monedas y explicaba: “Este es un homenaje a John Lennon. Si no saben quién era, era uno de los Beatles. Si no saben quiénes eran los Beatles, eran como los One Direction hace 50 años”.

NY. Septiembre de 2014

Anuncios

Acerca de viajes de ida

Crónicas, cartas, mails y observaciones intrascendentes o sorprendidas.
Esta entrada fue publicada en USAS. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Diario diurno de Nueva York

  1. amiga número 1 dijo:

    Te amoooo amiga. Best trip de 3 dias ever!!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s