NY de noche

Ensayo número uno

Lo más difícil de experimentar en cualquier ciudad es su vida nocturna. No importa cuán descontroladas y vanguardistas sean las noches de Nueva York en las películas y los libros, si no tenés una brújula humana actualizada, pueden ser tan intensas como las de Las Varillas. Me refiero a que bares emblemáticos como el CBGB o Studio 54 ya no existen. A que para ir a los pubs de jazz de las películas de Woody Allen hay que reservar lugar. A que no hay GPS lo suficientemente in para indicarte cuál es el lugar que “se pone”. Es decir: si tenés suerte te pasan el dato del bar clandestino al que tenés que entrar con contraseña; si no, terminás en una fonda tomando cerveza caliente mientras alguien pone un tema de Reo Speedwagon en una rocola.

Con esa desorientación, decidimos salir en Nueva York la primera noche con mis dos amigas cordobesas. Estábamos en el East Village, barrio plagado de barcitos, así que creímos que no podía ser complicado encontrar un lugar para tomar unos tragos, charlar con gente y, quién te dice, hasta tirar unos pasos. Empezamos a caminar y entramos a uno, “The thirsty Buda”. El local era un noble establecimiento, con cerveza tirada y jugos artesanales (combinación ecuánime para un alcohólico o un vegano sediento), pero no tenía mucho más qué ofrecer. La inquietud de encontrar inquietos es parte de cualquier pesquisa nocturna, así que allí decidimos partir. Escuchamos música en otra puerta y entramos a lo que parecía ser la promesa de la velada y resultó ser un karaoke de borrachos cantando temas de Toto. Dos cervezas de 5 dólares y nos fuimos.

La ruta perdía rumbo e hicimos a escondidas el gesto vergonzoso del turista. Saqué de mi cartera la Guía de NY en Español y buscamos en el índice “bares en el East Village”. Aparecía uno llamado Nowhere, que es como ponerle a un bar de Córdoba “Un lugar”, y que una de mis amigas recordaba que era nombrado en una serie de TV en la que los personajes de la ficción decían que era una cosa de locos. Fuimos.

Después del momento absurdo de mostrar nuestros documentos para probarle al tipo de la puerta que sí, éramos mayores de 21 años (lo hacen en todos los bares, incluso si entrás con bastón), Nowhere emergió como un sucucho encantador, con música pop, una barra de neón, mucha gente, buena onda. Tomamos algo. Un radar que hasta esa noche creía no tener empezó a titilar. Pet Shop Boys sonaba en los parlantes y los hombres que nos rodeaban (todos eran hombres, de panzas prominentes y barbas trenzadas, lo cual en los primeros minutos fue motivo de celebración íntima de las tres) cantaban la letra de “Domino Dancig” de pe a pa.

Todas tenemos amigos gays, pero… (como dice Larry David, “Having said that”; o la versión de Louie, “Of course but maybe”) no era el plan de esa noche por más hetero-friendly que fueran nuestros nuevos mejores amigos osos. Todos necesitamos un estímulo aunque luego no hagamos nada con él. Le preguntamos al de la puerta por un bar para poder “bailar, tomar algo, y conocer chicos”. Nos envió a un lugar varias cuadras más distante, llamado Phoenix. Llovía, pero corrimos como estoicas adolescentes que quieren que una de la escasas noches neoyorquinas de sus vidas les dejen al menos una anécdota.

Phoenix tenía mejor música, mayoría chicos, esta vez hispters. Pero antes de llegar a la barra el radar con delay nos alertó que aunque no había osos estábamos en el bar gay joven del East Village. Otro. Volvimos a confiar en el informante de la puerta, pero esta vez mi amiga reformuló la pregunta: un lugar para poder “bailar, tomar algo, y conocer chicos straights”. El tipo, antes de responder, con parsimonia de burócrata nos puso un sello en la mano a cada una, que visto a la luz debe de haber tenido escrita la palabra “Loser”. Después nos dijo que ni idea. Que suerte con eso. O algo así en inglés.

Cada vez llovía más y el agua nos empujó al quinto bar de la noche, al que entramos para dejar de empaparnos un rato. El lugar era como un Delorean: machimbre en las paredes, mesitas de espejo (“Acá seguro esnifaban cocaína en los ’80”, observó una de mis amigas) y música disco lado B. Había: tres mujeres de al menos 60 años, una de ellas con un enorme tatuaje en el brazo; un hombre vestido de veterano de Vietnam y un chico coreano que bailaba cualquier tema como si fuera una hit de las Spice Girls. Lo pensé y lo dije: “Si nos quedamos acá, nos matamos por el coreógrafo de las Spice, que es lo más parecido a Don Draper que vamos a encontrar hoy”. Nos dirigimos entre las tres esa mirada cómplice que se subtitula como “Nos vamos ya” y estábamos otra vez en la calle, húmeda y vacía. En ese momento, tuve una de esas epifanías que la vida te reserva para un momento iluminado: si caigo en una isla desierta y las opciones son un gay, una vieja, un veterano de guerra y un adolescente coreano, peleo a muerte por el coreano.

La noche estaba terminada, volvíamos al departamento en el que dormía con madre y cada gota de lluvia que nos removía el rímel era una señal de desahucia. Una cuadra antes de llegar a casa, vimos luz en una peluquería, que resultó ser un bar-peluquería, “Beauty Saloon”. Sonaba música desde adentro y en la puerta tres chicos fumaban. No perdíamos nada con un último intento. Adentro, nos sentamos a tomar un trago con las cabezas perdidas debajo de difusores falsos. Sonaba The Cure, había una pequeña pista y estaba plagado de normcores, ese nombre de catálogo contemporáneo para nombrar a los “tipo, nada”, los comunes, nosotras. Eso, así, simple, era lo más parecido a una nochebuena que íbamos a encontrar. Así que sin quejarnos, bailamos todo el repertorio en orden cronológico del DJ, que empezaba en la década del 60 y terminaba en los 2000. Lo dimos todo en la pista. Hasta intentamos poner de moda un paso. A las 4 AM, la noche había remontado y habíamos finalizado con dignidad nuestra primera incursión nocturna en NY.
A la mañana siguiente, las tres teníamos en la mano el sello indeleble de Phoenix, que nunca expusimos a una luz negra para saber qué tenía escrito.

Ensayo número dos

Después de disfrutar de amenos happy hours con madre y de escuchar jazz con ella en uno de esos bares de las películas de Allen, la segunda noche fue la revancha, esta vez en el Lower East Side, tierra de homeless y bares cools escondidos, último barrio que gracias a su marginalidad resiste la gentrificación. Fuimos con una de mis amigas por un derrotero que no vale contar por pubs en los que el bartender se alegraba sólo de ver entrar a un ser humano. Hasta que vimos desde lejos a un grupo de chicas bajar unas escaleras en una esquina y desaparecer. Nos acercamos al punto en el que se las había tragado la tierra. Era la fachada de una juguetería cerrada y oscura. No se escuchaban ecos de música y la escalerita que se asomaba descendía a un túnel oscuro, de estrechas paredes de ladrillos descascarados. Al fondo, brillaba un farol.

Empecé a bajar pero mi amiga, que dejó salir su paranoia como un manantial de precauciones, se quedó arriba. Parada al lado de la vidriera de juguetes, sugería que nos volviéramos a dormir. Tras una breve intercambio de ideas, en el que yo insistía (más por pereza de regresar que por valentía) en que no podía pasar nada, la convencí. Caminamos varios metros por ese pasillo en el que Indiana Jones hubiera usado una linterna y llegamos una puerta, custodiada por un señor gordo sentado en un banquito minúsculo. Le mostramos los documentos y, finalmente, pasamos.

Como en una película de Kubrick, entramos al mejor bar de la gran manzana (al menos, para nuestro magro top five). Bajo una luz roja se veían paredes empapeladas de arabescos opacos, los sillones eran elegantes Luis XV, los cuadros y retratos antiguos te seguían con la mirada y en la barra servían los tragos en vajilla de té. “Falta que suene un charleston”, dije. “Y que aparezca el enano de Twin peaks”, observó mi amiga. Nos acodamos en la barra, bebimos algo, incómodas con nuestros tristes pilotos de lluvia que goteaban sobre la elegante alfombra. Para coronar la última noche de turistas pobres, un chico de smoking nos invitó a catar una nueva línea de whisky. Gratis. Whisky. Él nos explicó, mientras yo le pedía una medida más para “notar mejor los tonos de roble” que el decorado no era un mero capricho, sino un gesto de ecología historicista.

The Backroom (ese era el nombre del lugar) fue uno de los pocos bares clandestinos en la época de la ley seca y en los años ’20 era visitado por actores, celebridades y mafiosos. Desde entonces, el diseño del bar intenta mantener intacto el estilo del lugar y la entrada secreta. Así que ahí estábamos, las dos tomando whisky en tacitas de café, vestidas de turistas que compraron ropa usada, en el mismo lugar donde Lucky Luciano se distendía después de una jornada de dirigir el crimen organizado de todo el país.

La noche terminó cuando huimos de un demente que juraba que su abuelo era amigo de Jack Kerouac mientras nos mostraba una borrosa foto en su celular que lo comprobaba. Como si el dato biográfico fuera suficiente para tentarnos. Tenía una frase de Kurt Vonnegut tatuada en el brazo. Pero no la recuerdo.

Octubre, 2014.

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2 respuestas a NY de noche

  1. amiga número 1 dijo:

    Bravo amiga! Relato fiel de otra noche alucinante compartida contigo. Love love love

  2. lucas dijo:

    Quiero viajar con vos! ja!

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