Frío y lejos de casa

A todo el mundo le dije que estaba aprovechando una súper oferta de la línea aérea, que sólo en esa fecha ofrecía pasajes regalados-casi-gratis y que uno de los destinos más baratos era el sur de Argentina. Mentira. Quería irme lo más lejos posible, a un lugar frío y nevado, a estar sola y tranquila el día de mi cumpleaños. Pero eso que para algunos de nosotros es un bálsamo de felicidad para otros es una alerta de inminente depresión. Así que mentí y me fui. También dije que la señal de celular era pésima en esa zona, pero ese dato parece que resultó más creíble, o al menos despertó menos suspicacias.

Mi plan era llenar la valija de bufandas gruesas, medias de lana y esos pulóveres de llamitas con los que jamás me disfrazaría en Córdoba. Por suerte mi hermana y mi mamá están al día con los avances de la industria textil, y me prestaron su ropa inteligente (paréntesis para decir que me mata como el adjetivo “inteligente” se usa para cualquier objeto liviano y carísimo: teléfonos inteligentes, camperas inteligentes). Igual, el préstamo fue acertado, dejó lugar en el equipaje para un montón de libros y la verdad es que me abrigó mucho más que los zoquetes comprados en Jujuy que tengo hace años y nunca uso.

Llego a El Calafate una tarde de abril, fresca y limpia. La ciudad está enteramente dedicada al turista-primera-clase y la primera evidencia de eso es que cuando te tomás el transfer desde el aeropuerto ves cómo los demás son depositados en enormes hoteles de diseño pintoresco-boutique mientras los que quedan a bordo ponen cara de “paaabre” cuando el conductor grita tu nombre en la puerta de un hostel simpático-hippie. Lo bueno es que la calefacción funciona igual en cualquiera de los extremos: al máximo. En esos momentos pensás que la ropa que trajiste no es tan inteligente, porque sudás en espacios cerrados ambientados a temperatura tropical.

Paseo por el pueblo, que replica esa arquitectura símil Suiza, de casitas en las que podría vivir Heidi, y me detengo a tomar una cerveza artesanal en un barcito. La chica que me atiende parece de trece años pero tras charlar un rato me entero de que tiene veinte. Me cuenta que hace once años que vive en El Calafate y me sorprende que no diga un número redondo, que en lugar de diez diga once. Los tiene contados. Mientras tomo mi cerveza ahumada me cuenta que cuando se van los turistas, la provincia adquiere su dimensión real: en Santa Cruz hay un habitante por hectárea. Y cuando pronuncia la estadística suena en mi cabeza una ráfaga de viento helado que silba “qué poquitos”.

Lo bueno es que hasta hace unos años, esos poquitos patinaban en invierno en la laguna congelada pero ahora con todos los desechos tóxicos que deja el turismo el agua está tan contaminada que no se congela más. Me siento parte de los responsables de esa catástrofe, pero pido otra cerveza en lugar de pedir disculpas, tomarme un avión y regresar a mi casa a contaminar mi propia ciudad como hacemos todos. Le pregunto si quiere estudiar. Me dice que lo único que se puede estudiar en la Universidad son carreras vinculadas a la minería o al turismo, y que ella quiere estudiar Letras pero llegar a Buenos Aires o a Córdoba no es fácil. Estoy a punto de contarle que eso es lo que estudié, en un lugar sin lagos incongelables, pero me parece que es una ostentación. Así que opto por irme. Parece la madrugada pero son apenas las nueve de la noche. Está tan oscuro y hace tanto frío que me vuelvo al hostel. Y paso la primera noche de mis vacaciones durmiéndome a la hora de los Ingalls, pensando en mi vaso medio lleno.

En mi primer amanecer tengo agendada una excursión. Odio las excursiones, eso de andar en formato boyscout haciendo lo mismo a la misma hora que un montón de personas que simulan compañerismo. Pero no hay muchas opciones para hacer este paseo sola. Así que me subo a una combi con los que serán mis compañeros del día. Hay algo previsible en cómo se acomodan los roles: los guías actúan como docentes y los turistas como adolescentes compinches dispuestos a rebelarse apenas el guía mire para otro lado. Los estereotipos son hipérboles de gente que existe: está el señor mayor que hace chistes malos en voz alta y se arroga el rol del “jodón”, el brasileño que habla a los gritos y se queja todo el tiempo del frío que hace como si no supiera que está en la Patagonia, la pareja de argentinos que le explica a la pareja de españoles cuán caro está este país y se esmera en confirmar que Europa es mejor aunque nunca hayan ido.

El tour es para caminar arriba del glaciar. Apenas llegamos, nos ponen unos crampones, zapatos con clavos. Antes de empezar la caminata, la base del glaciar Perito Moreno emerge como una torta de bodas enorme. Pisar el glaciar es como caminar sobre una montaña de azúcar en tacos altos. Haber ido a una escuela para niños progres y ambientalistas crea adultos culposos: no puedo dejar de pensar en los cientos de personas que, como yo, cada día van apelmazando con sus pasos este río de hielo. Igual, ya pagué, así que sigo caminando, pero trato de dar pasos leves, como si eso alivianara la erosión.

El señor que hace chistes malos sin parar (ante el revoleo de ojos y la vergüenza de su esposa) quiere ser caballero y me ofrece la mano en una zona de bajadas de hielo. Le digo que no hace falta, que gracias, él insiste y en ese sí-pero-no se cae y su boina de buen tipo vuela por los aires. Genial, otra cosa por la que me siento culpable: soy parte de los que arruinan una de las maravillas naturales del planeta y la responsable de que este señor se quiebre la cadera. Por suerte, el hombre se levantó bien. Por suerte, ya no hizo más chistes.

Seguimos el trayecto. A cada paso, pienso que ese paisaje de suave hielo despierta unas extrañas ganas de lamer el piso. A cada paso, imagino que avanzo sobre una pradera de cristal dulce. Aparentemente, los guías conocen esa sensación, porque al final del paseo nos invitan un whisky y nos dejan ponerle todo el hielo que encontremos.

Al final, como una maestra de primaria que libera a sus alumnos en un recreo, el guía nos deja “una hora reloj” para ver el glaciar desde las pasarelas, solos, sin necesidad de movernos en bloque. Aprovecho para alejarme. Y, entonces, el glaciar se ve hermoso. Se acaban los adjetivos y ninguna foto o video es capaz de reproducir la experiencia de estar ahí. Es una criatura que nunca deja de emitir sonidos. Cuando se desprende un bloque de hielo suena como si en el centro de esa campiña helada un gigante diera un mordisco a una manzana. Y cuando el témpano cae al agua (no sé por qué parece que lo hiciera como en una tragedia en cámara lenta), la superficie que queda visible sangra con un flamante líquido azul, como una herida a la intemperie. Es como si se desmoronara un dominó de hielo y vos sólo pudieras ver caer la última ficha. Me olvido del tipo caído, del brasileño insoportable, del guía, y dejo de sacar fotos.

Me quedo un día más en El Calafate, hago otras excursiones y aprendo algunas cosas: que cada uno de los desprendimientos se llama “ablación” (otra vez esa idea de que sangra un órgano extirpado), que Calafate es el nombre de un arbusto, que los nombres de los árboles del frío me recuerdan a los cuentos escandinavos (abeto, álamo, alerce, fresno, ciprés), que el “perito” no es un nombre sino un cargo y que el señor se llamó Francisco Pascasio Moreno, que en Patagonia hay pueblos más jóvenes que yo (como El Chaltén, que nació en 1985) y que los perros en el sur son como las tortugas de Las Galápagos: se adaptaron al ambiente y son grandes como ponys y peludos como ovejas. Toda esa información, un día antes de cumplir 35.

Abril, 2015

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2 respuestas a Frío y lejos de casa

  1. lucas dijo:

    la descripcion de los compañeros de excursión, es una verdadera genialidad!

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