El fin del fin

La mañana en que cumplo 35 años ya estoy en Ushuaia. El mote “El fin del mundo” es el eslogan perfecto creado por un publicista pionero. Queda bien en cualquier frase: “Vivo en el fin del mundo”, “Podés hacer lo que quieras en el fin del mundo”. A mí me gustó la idea de decir “Cumplí años en el fin del mundo”.

Las historias que cuentan en los museos te dan una idea de qué aventuras y desventuras sucedían acá en épocas en que hasta los mapas tenían escrito en letras góticas “Fin del mundo”: la de un rumano que llegó abrigadísimo a buscar oro que nunca encontró; la de los onas, que lo miraron pensando que era un exagerado mientras caminaban descalzos en la nieve; la del petiso orejudo, que se enamoró de un gatito en la cárcel; la de un irlandés que naufragó y sobrevivió atravesando el hielo en trineos, mientras iba comiéndose los perros que lo guiaban.

La pregunta es por qué todos ellos decidieron venir. La idea de alcanzar el vértice de lo finito retumba como huida, último recurso, exilio. Pero también, como en mi caso, equivale a desaparecer por un rato, el fin del mundo es el fin de un lugar y de un tiempo. Quedarse suspendido en la atmósfera de limbo de la ciudad.

Ushuaia no es lugar para los débiles. Los pilotos de los aviones aterrizan de costado, en una maniobra temeraria que esquiva el viento; la llovizna es gris igual que los containers del puerto, apilados como piezas de Lego; el aire es helado y húmedo; los picos de las montañas se asoman lejanos y se ven fuera de foco. Y el agua del canal se expande como una frontera abierta. En mi canon, esas cualidades la hacen una ciudad hermosa.

Claro que para equilibrar tanta belleza tiene un cementerio amurallado en medio de la avenida principal y varias plazas deprimentes, parques de juegos en los que nunca hay chicos y homenajes patrióticos como el de los Héroes de Malvinas que parecen diseñados por el mismo arquitecto estalinista.

Lo primero que me sorprende mientras camino por el centro es ver de lejos a un hombre vestido con traje de franela a rayas, como un preso del siglo pasado. Lo sigo por la calle, a un par de metros de distancia, con la suficiente torpeza y falta de tacto como para que se dé vuelta y empiece a seguirme él a mí. Hasta que me aborda y me da un papel. Es un folleto para hacer una excursión en barco por el Beagle. Recién en ese momento me doy cuenta de que la cárcel del fin del mundo, ese recinto hostil vestido de museo, alimenta los estereotipos turísticos de la ciudad: muchos de los guías están vestidos como presidiarios y nunca logro encontrar el costado simpático al atuendo.

El falso preso me convence y hago el paseo de rigor: en barco recorro el canal Beagle, con una guía que explica que ese faro al que todos le sacan fotos no es el del fin del mundo de la novela de Julio Verne (mientras la mitad de los turistas hacen un “oh” de desilusión aunque estoy segura de que cuando vuelvan a sus casas dirán que, efectivamente, ese es el faro del fin del mundo). El catamarán atraviesa islotes de piedra con lobos marinos que bostezan y se sacuden moscas, nos miran aburridos, con el mismo gesto con el que deben de haber mirado a cada uno de los que fueron llegando esperando encontrar monstruos y tesoros.

Imagino que hace cientos de años para los exploradores llegar acá era como estar en Marte. Ahora, la globalización vuelve todos los rincones asimilables. En el hostel en que me hospedo la ambientación es de estética tirolesa y la música que suena durante todo el día es Bob Marley. El bar de la ciudad (y uso el artículo “el” porque no encontré otro) es un bar irlandés. Y la mitad de los viajeros con los que me encuentro están atravesando alguna crisis (de los 30, 40 o 50, laboral, de pareja, existencial).

Una noche, voy a cenar con una amiga cordobesa que vive acá. Y entiendo mejor cómo es el día a día en Ushuaia. Aunque está helado, ella adentro de su casa está vestida con ojotas hawaianas, musculosa y pantalones playeros. Tomamos una cerveza y hago todas las preguntas. De sus respuestas, me quedo con el mito de los habitantes que asegura que, como es una zona de riesgo sísmico, en un próximo gran terremoto Tierra del Fuego se va a desprender del territorio con un ruido seco y se va a ir flotando hacia el sur.

Se suman a la cena unos amigos. Uno cuenta que en los ’90 en esa ciudad no había “nada ni nadie”. Que le tocaban la puerta a las personas en sus casas para ofrecerles trabajo. Y me quita las ganas de conocer Río Grande calificándola como el lugar más triste del universo. La charla sigue por varias horas. Escucho frases como “Acá nunca llueve, pero siempre llovizna”. Hablan de que es tan tentador para los residentes quedarse (por los sueldos altos, las oportunidades) como irse (para escapar de los días oscuros del invierno). Noto cierto recelo cuando hablan de los petroleros.

A la noche vamos al bar y mientras con mi amiga temblamos como epilépticas en la puerta para poder fumar, un chico que las va de galán de Comodoro Rivadavia nos pregunta si esto es toda la vida nocturna de la ciudad porque, si es así, “es la muerte”. “Claro, porque Comodoro es Las Vegas”, le respondo con el tono a la defensiva y violentito que me sale cuando alguien se pasa de vivo.

Ushuaia es una ciudad bastante cara para casi todos los mortales, pero algunas cosas son baratas: el whisky, el tabaco, la nafta y el pase a una extensa pista de patinaje sobre hielo al aire libre. Después de aprovechar las ventajas de los dos primeros ítems, una mañana decido ir a la pista. Ahí podés patinar mirando el agua calma, los barcos y las montañas bañadas en nieve. Para mí es el paraíso. No hay nadie y desde unos parlantes enormes cortan el silencio frío con toda la discografía de Bon Jovi. Patinar con cara de velocidad cantando a los gritos “Oh, You´re Half Way There” me provoca una extraña adrenalina y felicidad. Hasta que entra a la pista una nena de siete años y mi cuadro adquiere su verdadera entidad ridícula.

Otra amiga cordobesa que está por trabajo varada en Río Grande llega por dos días a contarme que, efectivamente, esa ciudad es la más triste del universo. Con ella visitamos la famosa cárcel, con otros turistas igual de anonadados que nosotras, mientras un guía que imposta la voz como Sandro y dice las “o” como los locutores de quiniela nos explica cómo era la vida en ese panóptico del infierno. Por más que esté decorado, pintado de colores y convertido en una galería de arte, el penal no deja de ser un espacio tenebroso. Nos quitamos el mal trago en el bar, donde ya me siento una parroquiana más.

Uno de los últimos días, alquilé un auto con mi concubina del hostel. No sabíamos muy bien adónde ir, así que decidimos ir manejando a lo Thelma y Louise hasta Tolhuin, un pueblo a 100 kilómetros. En el pueblo hay paisajes absorbentes, una costa envuelta en niebla y algo más enigmático que los glaciares, montañas y bosques devorados por los castores: una panadería de la que varios me hablaron como el lugar al que había que ir, “ya vas a entender por qué”.

La panadería Unión desde afuera no tiene ninguna particularidad: vidrios enormes, sillas y mesas de caño, manteles de hule, facturas sin nada especial y ni siquiera hay máquina de café.

Pero las paredes están empapeladas desde el piso hasta el techo con fotos. En cada una hay un famoso diferente, abrazado siempre a un señor pelado y de barba, que nunca sonríe y repite la misma pose en todas las imágenes: una mano que rodea/aferra a su acompañante y la otra que lo señala, subrayando adónde hay que direccionar la mirada. Con ese gesto de cholulismo fervoroso abraza a Graciela Alfano, China Zorrilla, Menem, los integrantes de la banda Los Calzones, Jairo, Doña Jovita, Juanse, Juan Alberto Badía, DJ Deró, Ignacio Copani y, claro, León Gieco en poncho. Si mirás con atención, las fotos se repiten en un loop visual de famosos.

También hay un enorme cartel que advierte cuál fue la visita más especial a Tolhuin, la del OVNI que un día amaneció encima del lago Fagnano. La letra chica aclara que para Fabio Zerpa el lago es un punto de interés turístico para los visitantes extraplanetarios. Esta y las demás fotos de celebridades están ahí para no olvidar a los visitantes. Quizás también para que ellos no se olviden de este pueblo.

Afuera hace cero grados y el viento silba. Adentro de la panadería, en una esquina emerge una fuente con un delfín de hormigón, pintado de turquesa, que escupe un hilito de agua y está rodeado de helechos, plantas de climas cálidos y la reproducción de un tucán.

En el córner más destacado un cartel anuncia “El rincón de la dignidad”. Con la tipografía rojo sangre del “Nunca más” está escrita la frase “Un grito desesperado en una Argentina sorda”. Al lado hay una estatua de cera en tamaño natural de René Favaloro, que mira el horizonte donde ahora un cliente devora su medialuna. La estatua está sentada en un escritorio al lado de una silla vacía y un cartelito invita: “Puede sentarse y tomarse una fotografía”. Nos quedamos un rato pero nadie se acercó a tomarse ni una foto ni un café con Favaloro.

Mayo, 2015.

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