La amiga del tren

Si algo le falta a Córdoba, son trenes. El viaje en tren es el único (a excepción de cuando niños y perros van en el asiento trasero del auto sacando la lengua detrás de la luneta) que te permite elegir el paisaje: pasado o futuro. Te podés sentar del lado desde el que ves lo que va a venir o del que ves de­saparecer lo que se va. Además, se desliza. Y todo vehículo que se desliza en superficies llanas tiene más swing : los trenes, los patines, las cintas transportadoras.

En Argentina, recuerdo haber viajado en tren una sola vez –a Buenos Aires, cuando era chica–, en un invierno helado y en un vagón que tenía el piso cubierto con las mismas alfombras de botones de goma que había en locutorios de Entel (la entonces empresa telefónica estatal) en la década de 1980. Ese tren no se deslizaba con armonía ni tenía swing , pero en mi recuerdo es más encantador que los colectivos.

Ahora estoy en Vietnam, ese país que nombran en todas las películas bélicas de Hollywood y que es mucho más que una selva de la que asoman los ojos enrojecidos de Marlon Brando. Los primeros días caí en la trampa de los paseos turísticos de rigor y terminé recorriendo escenarios naturales con un contingente de jubiladas tailandesas que no paraban de hablar; o tratando en vano de convencer a dos chicos chilenos de que la sopa vietnamita es mucho pero mucho mejor que sus panchos con palta; o posando en las fotos de una familia china cuyos progenitores me vieron sola en un tour , les di lástima y decidieron adoptarme por el resto del día.

Ya es suficiente. Cambié los planes de agencias de viaje y packs de actividades y decidí seguir sola por rutas menos turísticas. Me vine a una pequeña ciudad, bastante industrial, en la que soy la única occidental en un par de kilómetros a la redonda.

Estoy en una casa de comida rápida, al estilo Mc Donald’s, aunque el Ronald de esta marca es una abeja con ojos de animé. Mientras como unas papas picantes, aparece un pobre sujeto dentro de un disfraz de la abeja, arreglándoselas para hacer movimientos parecidos al pasito del Gangnam style dentro de esas capas de goma espuma.

Dos hermanitos, de unos siete y cinco años, se acercan acompañados por el padre para abrazar a la abeja y sacarse una foto con el muñeco. El más chico, apenas termina de sonreír, me detecta. Se queda hipnotizado un rato, mirándome, y se acerca tapándose la sonrisa de una manera a la que no le cabe otro adjetivo que oriental. La hermanita llega por detrás y trata de llevárselo diciéndole algo que suena en gestos y tonos a: “No seas maleducado”.

El nene vuelve; sabe bien la impunidad que le otorgan su ternura y su edad. Me toca la cara con un dedo índice regordete, se ríe. El padre, con mímica, me pregunta si acepto posar en una foto con sus hijos. Los niños sonríen, me abrazan y ponen los dedos en V, como en la foto que se sacaron con la abeja monstruosa.

Me pregunto qué les llama la atención de mis ojos redondos, mi nariz puntiaguda, mis cejas tupidas y mi pelo enmarañado por la humedad. Acá soy una rareza, un fenómeno de circo. Una extranjera. Ser parte de una minoría siempre es una cuestión de contexto.

Hace unos días leí un cuento de Margaret Atwood sobre un joven asiático que se enamora obsesivamente de una compañera de la universidad, en un campus canadiense. Es el único de ojos rasgados de casi toda la ciudad, y su aspecto y sus hábitos extraños lo convierten en el estudiante más aislado del lugar. En el relato, cada vez que aparece lo nombran como “el hombre”, lo definen como “curioso” y el título del cuento es El marciano.

Así me siento durante esta foto. Una marciana, un alien.

El cubículo

Se acerca la hora de irme; voy a la estación de trenes cercana y compro un pasaje. Necesito recorrer 800 kilómetros, la mitad del país, y, a partir de mi idea romántica de los trenes, creo que hacerlo en un vagón es lo ideal: voy a descansar, terminar de leer mi libro, mirar las ciudades que dejo atrás mientras me deslizo por campos de arroz.

–¿Camarote de cuatro literas, con colchones mullidos y almohadas XL, o ­camarote de seis literas? –pregunta la señora que vende el ticket . Y aclara luego el costo de cada opción.

–De seis –digo, y me arrepiento 15 minutos después, cuando abro la puerta de la baticueva.

La lógica del camarote para seis es la misma de quien intenta llenar un cartón de media docena de huevos con ocho. Hay sólo dos de más, pero estamos incómodos todos. Esto es una caja de zapatos.

Mi número de litera es el 3. Ya hay cinco personas: soy la última. Chequeo mi lugar y es en la camita más alta de la derecha. Debajo de mi litera, hay dos personas roncando y el techo del vagón queda a 40 centímetros de mi frente. Es como estar dentro de un huevo Kinder.

Me trepo y me recuesto. Es tan alto que desde allí no veo el paisaje que asoma desde la ventana. Igual, mis compañeros de camarote cierran la cortina de metal. Hay olor a múltiples células muertas y el inconfundible aroma picante de las sopas, que es delicioso, pero no ahora. Desde el techo, a centímetros de mi cara, la boca del aire acondicionado me despeina con ráfagas heladas.

Si Ned Stark vivió con este frío, yo también puedo, pienso. Me tapo con una frazada que está prolijamente doblada sobre la camita, me acomodo, abro el libro y empiezo a convencerme de que tengo que pasar 15 horas ahí, entumecida y quieta.

Quiero dormir, deseo dormir, ruego dormirme. Pero me falta el aire. Me siento como el emoticón de El grito de Munch. Me hiperventilo. Faltan 15 horas. 900 minutos. 54 mil segundos. En segundos, no es tanto, me digo. Hago yoga con la mente. No me sale. Quiero olvidarme de mi cuerpo para escapar del panic attack . Volverme incorpórea.

El tren arranca. 20 minutos después, alguien abre la puerta corrediza del camarote y deja entrar la luz chillona del sol de la siesta. Una mano me toca el pie. Pego un salto y me golpeo la cabeza contra el techo. Miro. Es una chica, muy joven, a la que antes de subir le pregunté la hora, después de consultarle en vano a tres personas que no hablaban nada de inglés. Ella habla, poco pero suficiente. Me dice algo mientras, con la mano, me indica que salga al pasillo del vagón. Salgo.

Es como si alguien hubiera descorrido un telón. La ventana ancha del pasillo, rectangular como una pantalla de cine, muestra un deslumbrante paisaje de bahías y playas desiertas, rodeadas de plantas brillantes. Es hermoso, hermoso como una reanimación cardiopulmonar; cuando miro la ventana, respiro normalmente.

Al fondo del pasillo, del camarote vecino, se asoma un niño de unos 8 años que me señala, mira a la chica, y grita algo que no entiendo. El tren, de manera muy lenta, zigzaguea sobre una sierra y desde donde estamos podemos ver hacia adelante la locomotora y, al final, el último vagón. Una belleza inesperada.

La chica, Thu An, me dice que cómo puede ser que quien me vendió el pasaje no me haya avisado que lo mejor de este trayecto es el paisaje. Que estaba por perdérmelo. Que no puede creer que mis cinco compañeros de camarote, por más acostumbrados que estén, sacrifiquen esta vista por dormir un rato de siesta. Que ella hace ese viaje cada 15 días pero igual siempre se queda a mirar.

Nos quedamos paradas en el pasillo, inclinadas sobre la pared. Me hace preguntas, me explica cómo funciona el tren y, con paciencia, con el idioma mutuamente ajeno, tenemos una extensa charla. Tiene 20 años. Estudia traductorado de inglés. Sus padres son maestros. No tiene novio ni pareja. Me explica que los campos de arroz aún requieren más trabajo humano que mecánico. Trata de sintetizar las diferencias entre Vietnam del Norte y del Sur. Tiene los dientes frontales ligeramente separados (por algún motivo, eso me genera confianza en alguien) y pies y manos muy pequeños. Es noctámbula, y en eso coincidimos.

Hablamos durante nueve horas, de mil cosas más, hasta que le toca descender, en la ciudad donde viven sus padres. Tras esta parada quedan sólo seis horas hasta mi destino, y las dormiré con placer, pensando en su gesto: despertar a un desconocido para que no se pierda la oportunidad breve de presenciar algo hermoso.

Pero, antes de irse, mi nueva mejor amiga me cuenta algo que casi me rompe el corazón. Me confiesa que ese niño de su camarote que gritó al verme le había preguntado antes si no había “personas extranjeras” para ver en el tren. Ella le apostó que sí y, como el chico no le creía, fue a despertarme para mostrarle a la ­exótica mujer occidental que se tapaba debajo de una frazada.

Me desanima un poco el dato de la apuesta para ver a la marciana, pero no pienso dejar que arruine el impulsivo y efímero amor por la humanidad que siento en este instante, y que se autodestruirá en un par de segundos, cuando regrese el escepticismo, el pesimismo, el realismo y todo esos ismos.

Nos agregamos en Facebook y nos sacamos una selfie juntas. En la foto, se ven su sonrisa de dientes separados y sus dedos en V.

Danang, Vietnam, junio de 2016

(Este texto se publicó primero en la sección “Días contados” del diario La Voz del Interior, el día 16 de julio de 2016).

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