Fiebre amarilla

“Te vas a uno de los destinos preferidos de los chicos de 20”, me dijo un amigo cuando estaba por irme al Sudeste asiático. Le dije que también a mis 20 era mi destino preferido, pero junté la plata a los 36. Y aunque es un plan pensado hace más de 10 años, llega el día de partir y no tengo casi nada armado. Sólo tengo un pasaje, un carnet de vacunación que incluye la vacuna de la fiebre amarilla (contra una idea generalizada, no te obligan a ponértela para protegerte de las enfermedades de Asia, sino para protegerse ellos de que les exportes el virus) y una libretita con palabras claves que me pasaron amigos que estuvieron antes allá. Lo que sí organicé con tiempo fue una fiesta de cumpleaños, dos días antes de la fecha de partida.

Así que me subo al avión todavía con resaca, arrastrando los pies, con la certeza de que necesito una reparación de tres días de sueño. Repaso, mientras despego, los escasos conocimientos que retengo sobre Tailandia de la cultura popular: esa película con Claire Danes en que la que dos amigas británicas son atrapadas con cocaína y quedan presas para siempre en una cárcel mugrienta y a una de ellas se le mete una cucaracha en la oreja mientras duerme y queda sorda para siempre; una película tailandesa que vi en el Cine Arte Córdoba que se llama El tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas, de la que recuerdo un fantasma rural de ojos rojos y una escena erótica entre una mujer y un pez; y La playa, con Leonardo DiCaprio en dos escenas inolvidables: en un hostel al que le sudan las paredes y fumando un porro al lado del mar.

Mientras repaso cada película, tomo notas mentales: No tomar drogas (o al menos tratar de no hacer nada que pueda llevarme a la cárcel), no caminar por zonas rurales de noche, no nadar en ríos y comprarme tapones para los oídos.

En la fila de al lado del avión hay dos pelados y me pregunto si van a buscar turismo sexual (porque a eso van muchos, dicen). Me pregunto también si alguna vez dormiré en un hostel sucio del que despertaré con una rata haciéndome cucharita y una cucaracha intentado abrir un boquete en el tapón de mi oído.

Mi familia y amigos estuvieron particularmente emocionados al despedirme esta vez, como si fuera la última. Siempre viajo sola pero nunca tan lejos, por tanto tiempo ni tan sola. Y todos estaban sensibles por el caso de las chicas argentinas asesinadas en Ecuador. Les dije que se quedaran tranquilos, que tomaría precauciones, pero en este momento, tras el repaso cinematográfico, temo ser timada/ robada/violada/matada.
……
Llego a Bangkok por la mañana, y en un rato estoy a bordo de un transfer camino a un hotel. La ciudad se ve enorme, con altísimos edificios modernos y autopistas que cubren como alfombras grises kilómetros de basura. En el hotel, dejo las pocas cosas que llevo, me ducho y me voy a caminar por “la calle” que encabeza mi lista de palabras claves: Khao San Road.

Es una calle plagada de turistas, en la que el asfalto gastado brilla como si estuviera barnizado con aceite. De los negocios emergen ofertas de visitas guiadas, trajes hechos a medida, pantalones de bambula con estampas de elefantes, cervezas a precios irrisorios, variantes de pad thai y otras comidas picantes, señores que hacen tatuajes de lo que quieras, señoras que te hacen masajes adonde quieras. Se disputan el espacio físico y sonoro, aunque todos pasan la que parece ser la misma canción de moda: un tema elecrónico remixado con el gusto de los’90.

Me siento en una fonda, pido una cerveza helada y un plato de pad thai bien “spicy” y me dejo ensordecer por los beats horribles de esa canción, mientras veo que los elefantes de los pantalones se repiten en remeras, souvenires, pañuelos, zapatos. Estoy aturdida, los párpados me pesan y siento las extremidades flojas, como flotantes. Estoy drogada del cansancio, perdida en una especie de narcolepsia. Son las seis de la tarde y decido irme a dormir (aunque me habían dicho que la clave era resistir el primer día). Así es un jet lag de 10 horas.
…..
Me despierto al día siguiente a las 4 de la mañana, fresca y llena de energía. Quiero salir a buscar algo para comer, pero un perro con tumores que duerme en la puerta del hotel y un auto en tratativas con la mujer que se prostituye en la esquina me hacen cambiar de opinión. Vuelvo a la cama, pero no duermo más.

Cuando ya hay más claridad y movimiento, salgo, esquivo el perro y me cruzo a una tienda a comprar un café y algo de galletas. En mi primer paseo largo por las calles de Bangkok, la suciedad que vi el día anterior deja de ser notable, opacada por los carteles y adornos que visten a la ciudad de naranja y amarillo, y funcionan como esas telas que cubren muebles antiguos. El naranja está en los templos y en la ropa de los monjes budistas; el amarillo en los enormes carteles/afiches/fotos/propagandas desde los que el rey sonríe como un héroe de acción, como un James Bond con rasgos asiáticos, anteojos pasados de moda y traje siempre amarillo.

Dicen que los tailandeses son muy celosos de su rey (murió poco tiempo después de mi viaje como el monarca que más estuvo en el trono: siete décadas) y que no toleran muy bien las críticas a su monarquía. Dicen también que se enorgullecen de ser el único país de la región que nunca fue colonia de occidente. Me pregunto cuánto tuvo que ver ese rey en eso y qué negoció para lograrlo.

La ciudad es grande y apabullante, pero también seductora. Entre el tránsito feroz y la cantidad de gente en todos lados, crecen plantas en cada rincón libre, de hojas gruesas y un verde brillante, rozagantes como las del Caribe latino. Así también son las frutas, que están en los mercados y puestos callejeros: frutas enormes, raras, de formas extraterrestres.

Voy a conocer el Gran Palacio (un obsceno y hermoso castillo donde la familia real solía ir a pasar el verano y hace unos años está abierto al público), visito un gigante Buda que está reclinado y bañado en oro, camino por varios templos más en los que veo niñitos de seis años ordenados como monjes (pelados y con el atuendo naranja), paseo por plazas llenas de bailarines, salgo ilesa de mi primer intento de timo (hubo varios más, todos inofensivos si uno sabe decir que no con firmeza) y me tomo un tuk-tuk (moto-taxis que tiran carritos) que parece remontar vuelo al acelerar en cada esquina. Como todo lo que encuentro en la calle, que es delicioso (menos los bichos que son sólo para la foto del turista que insiste en probarlos como Marley, sin percatarse que ningún tailandés los come). También me da un poco de gracia que esos argentinos que comen bichos no pronuncian las k de Bangkok y dicen “Vangog”, como si hablaran del artista.

Disfruto de la ciudad, que es intensa y chocante, mientras esquivo a esos jóvenes de 20 que se comportan como si fueran estudiantes en Bariloche y miro de reojo a esos viejos occidentales de 60 que cenan acompañados de chicas y chicos tailandeses que están en sus dieci. Me fijo en ellos, pero no vuelvo a ver a los pelados del avión.

Con cada paso (hundida aún en cierta modorra del jet lag que no me abadonará por varios días más) siento que avanzo en Marte. No es otra ciudad, es otro planeta.
Con los días voy tomando confianza. Sucede cuando aprendo a decir Hola y Gracias (Sawadee, Kapunkaa) y en los bares pido las cervezas por su nombre (Tiger y Chang).

También me olvido del temor a las ratas durante una tarde, cuando veo a un gato con una muerta en la boca, de su mismo tamaño (God save the cats) y compruebo que las cucarachas no son más grandes ni hay más cantidad. Simplemente, son más temerarias. No huyen cuando prendés la luz de golpe y no las intimida un pie amenazador. Estuvieron antes que nosotros, estarán después y a eso –al menos las tailandesas– lo saben.

Bangkok, junio de 2016.

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