Ensalada griega

Hace poco leí una entrevista en la que el periodista Jon Anderson decía que comenzar un reportaje debería ser como llegar a una ciudad desconocida: llegar sin saber nada. Así llegamos con mi hermana a Atenas, de la que no sabíamos nada. Al menos, nada que haya sucedido en los últimos dos mil años. Es decir que a la reiterada pregunta que tanto escuché al volver (¿Y? ¿Se nota la crisis?) mi respuesta es: Ni puta idea. No tengo con qué comparar el estado de la ciudad, ni se me ocurre una método efectivo de medición de emergencias económicas, y no puedo saber si Atenas siempre fue así o si cambió en los últimos tiempos.

Sé que hay algunas veredas con baldosas rotas, que mientras estábamos paradas en una esquina pasó un tipo y nos escupió mientras mascullaba algunas palabras en griego con el idioma universal de los locos urbanos, que en el subte una nena gitana tocaba el acordeón a cambio de monedas en un cuadro muy Oliver Twist, que encontré un lugar en el que vendían ropa por kilo, y que a pesar de que alguien me había advertido que se trataba de “una ciudad fea” llena de gente “muy maleducada”, a mí me pareció interesante y los griegos que conocí, muy amables. Además, los hombres están bastante buenos, y convengamos que ver pasar un promedio de dos Adonis vivientes por cuadra, de ojos turcos y barba espesa, le da su encanto al paisaje.

Lo demás, sí, está hecho polvo. Pero ignoro si esa es una cualidad de la ciudad o un síntoma de crisis. Y así como no hay ni una sola escultura a la que no le falte un brazo o la mitad de la cara, el hotel al que fuimos, para no desentonar con el clima urbano, estaba en ruinas. Digamos que el valor añadido está en la edad de las ruinas (aunque la entrada al Partenón y la noche en el hotel valían lo mismo).

Lo cierto es que la cuna de la cultura occidental tiene su aura y es fascinante ver la naturalidad con la que se mueven los griegos en el barrio de Plaka, apurados con las bolsas del súper o dentro de miles de autos que zumban por las avenidas, como si la Acrópolis siempre hubiera estado ahí, qué tanto. Algo de razón tienen, sin embargo. Porque después de un par de días y caminatas realmente estoicas, una piedra se convierte en eso, simplemente una piedra. Eso no quita, por ejemplo, que sea emocionante estar parado en el Teatro de Dionisios e imaginar que ahí se estrenaron las tragedias de Sófocles, o que quizás en ese rincón en el que estás sentado pasó caminando Eurípides en sandalias.

Y, claro, Grecia tiene sus cligés: la ensalada griega puede ser deliciosa en algunos lugares o una auténtica parodia gastronómica en otros, la cerveza nacional se llama Mythos (lo juro) y los miles de gatos callejeros parece que maullaran en alfabeto griego. Y, según la opinión de algunos ciudadanos, tenemos varias cosas en común con ellos, a los que la tele les ofrece en el prime time, “esa novela argentina de la chica que busca novio”, según me contó una señora (terminé adivinando que se trataba de Ciega a citas). Ellos mismos, incluso, hacen exhaustivas comparaciones entre el momento económico actual y “la crisis argentina de 2001”, como me explicó un señor gordo que tenía una tienda de especias.

Tras pasar por Atenas, con tres amigas más (brasileñas ellas) huimos a la isla de Santorini, que al principio parece un paraíso soñado y tras varios días se convierte en un set romántico plagado de parejas de japoneses que van a casarse ahí o a sacarse fotos (miles, millones, billones de fotos), ellos de smoking aunque haga 30 grados, y ellas, con incómodos vestidos blancos. Nosotros éramos cinco chicas, en un cuadro más cercano a la película Spring Breakers que a Mi gran casamiento griego.

Alquilamos un auto, buscamos un mapa, y así recorrimos las playas griegas, gracias a las dotes de conductora de una de las brasileñas, la única que tenía una licencia de conducir internacional y que tras manejar en las curvas, laderas y rutas destruidas de Santorini y la isla de Mykonos, podría exigir que la den la licencia intergaláctica.

En esas islas hicimos el ritual del buen visitante en temporada baja: hacer nada. Sólo recuerdo que en una de las playas más rectas y solitarias que vi, mi hermana se las arregló para perderse como un niño en Mar del Plata y que nos costó varios días llegar a decir “gracias” (la única palabra griega que aprendí, se dice así: ευχαριστώ). Y aunque la comunicación justamente por eso era difícil (incluso entre nosotras era complicada, en un portuñol que parecía sánscrito), nada impidió que terminemos nuestro viaje bailando Get Lucky en una tradicional discoteca de Mykonos, plagada de parejas de japoneses que demostraban que como bailarines son buenos fotógrafos.

También pensamos en conocer otras islas, como Ítaca o Creta, pero decidimos desistir, mejor pasarla en la playa tomando cervezas que hacernos las snobs.

Octubre, 2013

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Desembarco del Rey

Con mi hermana decidimos ir a Croacia sin leer mucho al respecto, eligiendo destinos en función de lo raro que sonaban los nombres en el mapa y sin wikipedear demasiado, que es la máxima posibilidad de “aventura” que nos permite este mundo en el que Google te arruina cualquier misterio. Ojo, no fuimos porque queríamos hacernos las excéntricas, en el fondo había un buen motivo: la invitación a una boda (y en adelante usaré la palabra “boda” no por hacerme la que hablo español neutro sino porque “casamiento” me parece espantosa).

Qué imaginábamos de Croacia. Mi hermana creía que en la boda sonarían canciones de Kusturica y que estaría repleta de invitados como los de la película Gato negro gato blanco, pero esa es apenas una fantasía balcánica básica. Yo no imaginaba nada, más allá de ciertos datos elementales sobre la historia de la ex Yugoslavia. La tabula rasa para emprender el viaje surtió efecto en nuestra capacidad de sorpresa, pero también complicaciones, como llegar y no tener ni la más remota idea de cuál es la moneda del país (kunas, por cierto) ni a qué suena el idioma (a lengua eslava, claro está).

Partimos a Croacia desde un tren que salió de Austria y atravesó ciudades impronunciables (sólo recuerdo el paso por Ljubliana, que me parece un nombre mucho más lindo que el mío y si algún día se me ocurre cambiármelo me rebautizaría así: Ljubliana). Pasada la última frontera, el paisaje cambió. No sólo porque ya no había praderas verdes con esas perfectas vacas austríacas de Milka pastando, sino porque dejar el primer mundo y recibir las primeras cuotas de caos urbano nos resultó familiar y hasta cálido.

Con el mismo criterio nominativo de todo el viaje, elegimos empezar por un lugar con un nombre de buen augurio: Zadar. Acertamos. Zadar es una pequeña ciudad medieval, amurallada, de calles anchas, helados deliciosos y una imperdible puesta de sol sobre el Adriático. Hay iglesias, un hostel rarísimo, jardines. Y un “órgano de mar”, una construcción en la costa que deja entrar las olas a una especie de xilofón y que genera una melodía acuática caprichosa, como un canto de ballenas invisibles que si te quedás un buen rato te hipnotiza. El paseo viene con un placer extra: te permite notar el desconcierto de los turistas japoneses, cuyas cámaras de fotos (no importa cuán grandes sean), por primera vez no les sirven para registrar el momento.

En Zadar aprendimos el glosario croata elemental para seguir viaje: hola/ por favor/ cerveza/ gracias. Es notable lo prescindible que pueden ser los verbos a veces.

En Croacia inauguramos también una tradición que siguió todo el viaje: llegar a las ciudades de noche. Es decir, cuando podés caminar mirando las calles iluminadas por la luna, sin chocarte con contingentes de turistas hormigueantes, ni con miles de comercios que te venden cosas que no te interesan. Es decir, cuando está todo cerrado, no hay nadie para indicarte por qué calle caminar y los colectivos ya no funcionan. De acuerdo al punto de vista fuimos unas románticas aventureras o, simplemente, unas boludas imprudentes.

Así y todo, llegamos enteras a Split y nos perdimos por horas entre los pasillos medievales del palacio Dioclesiano, y así también llegamos a Dubrovnik, “la perla del Adriático”. En tiempo récord, aprendimos datos básicos de la historia de Dubrovnik: la habitaron los ilirios, los dalmacianos, los venecianos, los otomanos, la conquistó Napoléon, la destruyó un terremoto primero, la bombardearon los serbios en la Guerra de los Balcanes después. Hasta que alguien nos contó que allí filmaron la serie Juego de tronos y nada de lo que pasó en ese lugar en los últimos siglos de la historia de la humanidad me importó más que ese dato. Entonces (y esto habla de los severos problemas mentales que me provocó esa serie y los libros que devoré de George Martin) vi toda la ciudad amurallada con otros ojos, con la misma cara de deslumbrada de Arya Stark cuando ingresa a Desembarco del Rey en el segundo capítulo.

Por suerte para mi hermana (que me escuchó recitar todos los árboles genealógicos de los personajes de los libros, analizar si en este rincón se filmó la escena en la que Arya aprende esgrima con Syrio, o en la que Tyrion desafía a Cersei Lannister, o preguntar en una tienda si vendían espadas) nos quedamos sólo tres días y partimos. La última noche, fue en vano buscar una taberna que vendiera hidromiel, así que terminamos en uno de esos bares irlandeses que nunca decepcionan. Por supuesto que en Dubrovnik hay muchas cosas más como para enamorar a cualquier visitante, pero para qué espoilear la sorpresa.

El destino final fue Zagreb, donde todavía hay una plaza que lleva el nombre del Mariscal Tito, aunque también han conservado otros rótulos mejores, como el del medieval “Puente sangriento”. Quizá la mejor manera de recorrer la ciudad sea en uno de los tranvías que le dan un aire de otro tiempo y que la cruzan de punta a punta. Hay infinita cantidad de teatros, centros culturales y museos, aunque sólo me acuerdo de uno: el Museo de las Relaciones Rotas. Y Zagreb es el lugar donde mi amiga venezolana le dijo “sí quiero” en varios idiomas a su novio croata. La boda, finalmente, fue lo más parecido a un colorido evento de la ONU, con invitados de varios países, un mix de tradiciones eslavas/latinas, y la alegría de reencontrarse con esos amigos a los que siempre creés que puede ser la última vez que vas a ver. Por suerte, ni la distancia ni el tiempo corroen esos encuentros, y la excusa siempre amerita un brindis. O dos.

La boda terminó como todas las fiestas del planeta. No importa si el DJ pone salsas venezolanas o canciones pop croatas. El trencito de borrachos felices es una tradición universal.

Noviembre, 2013

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Vienesa

¿Qué define que un lugar sea considerado un monumento y otro no? ¿Cuál es la trama secreta que dictamina que esta piedra tiene más valor que aquella otra? ¿Su participación en algún acontecimiento de la Historia con mayúscula, una trascendencia innata, su perdurabilidad? Pavadas como esas me pregunto mientras paseo por Viena y me doy cuenta de que me emociona más ver de cerca la vuelta al mundo del Prater, el parque de diversiones que aparece en “Antes del amanecer”, que la camita real de la princesa Sissi o la puerta de la casa de Sigmund Freud.

A veces creo que la diferencia entre un turista y un viajero está en que el primero tiene una rutina obligada de lugares-para-ver y fotos-para-sacar, mientras que el segundo puede darse el lujo de perderse cosas sin sentir “que estuvo tan cerca y no las vio” y caminar sin rumbo ni mapas. Así que si para muchos Viena es la ciudad en la que nació María Antonieta o vivió Klimt, para mí, en cambio, es la ciudad en la que se conocieron Jesse y Celine y en donde por ahora vive mi hermana, desde cuya ventana puedo ver las luces de esa vuelta al mundo en mi primera noche. Y en la asociación de esos dos datos quedará dibujada en mi memoria esta ciudad.

Contradicciones. Los austríacos tienen cientos de kilométricas palabras pero carecen de la paciencia para esperar que los extranjeros las pronuncien. Así, mientras hago esfuerzos descomunales para probar que los cinco años que estudié alemán sirven para algo y trato de elaborar la frase “Un ticket de metro, por favor”, antes de terminar el “un” la vendedora de pasajes ya me entregó el boleto, el cambio y me dijo gracias, hasta luego. Será ese mi primer y último intento en el idioma vernáculo. Los irlandeses dicen que no tienen el clima que se merecen y algo similar podrían decir los austríacos (entrás al metro con sol y dos paradas después salís con lluvia y viento helado), sin embargo como algunos piensan que sí lo merecen, quizás por eso no digan nada.

Voy igual al palacio de Schönbrunn, donde vivió María Teresa y sus hijas. Mientras camino por los jardines escucho de lejos los sonidos bestiales que llegan del zoológico, tan cerca, y en lugar de pensar en la historia de los Habsburgo, me acuerdo de una novela de Irving que leí hace mil años, “Libertad para los osos”, en la que el personaje principal se las arregla para liberar a todos los animales del famoso zoo. Se me ocurre que esa imagen hecha realidad (jirafas, elefantes y jabalíes corriendo entre las fuentes y destruyendo los arbustos de precisión geométrica) sería mucho más entretenida que los jardines perfectos inundados de turistas alegres. Y a ellos les ofrecería fotos mucho más interesantes. Pero sólo hay ardillas que se esconden con cualquier ruido.

Después paso por el museo Beldevere y descubro que El beso de Klimt no me mueve un pelo (mucho dorado, mucho dorado) y que en cambio El abrazo de Schiele me parece una obra profunda y tierna, con esos amantes confundidos en trazos de carne apretujada, venas hinchadas y deforme humanidad. Los días que siguen caminamos sin rumbo, por la rivera grafiteada del Danubio, entre museos de las mil y una cosas a los que no entramos (en Viena hay museos como en otras ciudades hay kioscos, hay tantas óperas como en otros lugares karaokes), nos perdemos en un mercado de pulgas (al fin un poco de caos), comemos un kebab, probamos cervezas deliciosas y heladitos de avellanas. En vano trato de entender qué dicen las consignas políticas de los candidatos que empapelan la ciudad (se vota en breve) pero algo me dice que las promesas vanas son universales.

La ultima noche, decidimos salir. Somos tres y cumplimos con la teoría de la amiga cordobesa que vive allá y nos acompaña: podrá haber cientos de austríacos en una noche, pero con cinco latinos armás una fiesta (esas extrañas reivindicaciones de orgullo argentino al estilo “ellos podrán tener un transporte público perfecto, reciclar la basura, aplicar un sistema electoral más proporcionado, respetar al peatón y al ciudadano…pero nosotros tenemos algo que nunca conseguirán: onda). La estadística se reduce a tres latinas en nuestro caso, que llegamos a una disco tras varios brindis de Fernet y coronamos la noche con unos chupitos de Jaggermeister, bailando electrónica como si sonara por los parlantes una cumbia. El lugar se llama Pratersauna y después de bailar cinco minutos apretujado entendés por qué.

La segunda parada austríaca será Salzburgo, museo al aire libre, ciudad-postal de un cuento de hadas, un set gigante de La novicia rebelde, que a cada paso te ofrece una de esas piedras históricas (acá vivió Mozart, acá nació, allá creció, acá se sentó a descansar, acá una vez compró masitas…). Lugar en el que pasear es divino y vivir podría ser un infierno . Y desde ahí nos tomamos un tren para irnos a otro lado. Viajar en tren, mirar el paisaje que se viene, cambiar el asiento y mirar el que se va es el momento más placentero del viaje, la mejor manera de desplazarse, la metáfora más fácil de cómo lugar y tiempo se deslizan en línea recta, con sus esporádicos túneles oscuros (y yo caigo en esa hipnosis del tren como una quinceañera que se enamora por primera vez). Atravesamos ciudades impronunciables de Austria, Eslovaquia y Croacia, y nos acercamos el próximo destino: un casamiento en Zagreb.

Octubre, 2013

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Duquesa de Hazzard

“Acelerá. Un poco más. No tengas miedo, acelerá que no viene nadie. Dale. Estás yendo a menos de 20, acelerá. Así, muy bien. Ahora frená. Frená. ¡Frená!”. La diferencia entre que te enseñe a manejar alguien de tu familia o un instructor no es sólo la paciencia que se les adjudica a los docentes viales. La diferencia está en que cuando girás la cabeza para decirles algo en plena esquina, no ves en ellos un gesto de pánico. O lo disimulan bastante bien.

Harta de vanagloriarme de mi no-deseo de tener auto y de un orgullo necio en “ser peatón toda la vida”, decidí que quería aprender a manejar, viajar por mí misma. Cansada de contar con un cronómetro mental las horas de mi vida que dediqué a esperar colectivos, aburrida de planear sangrientas vendettas a lo Kill Bill contra todo el gremio de taxistas y colectiveros, me dije que era hora de tomar el volante. Al principio, me pareció imposible. Lo mismo daba manejar un auto o un plato volador, eran vehículos igual de complejos. El argumento para convencerme fue el más eficiente de todos: si hay tantos idiotas que manejan, cómo no voy a poder. Y me imaginé como una Carola Casini, conduciendo un descapotable por la Cañada de Córdoba, con las ventanas bajas y la música alta. Y compré esa postal.

Me inscribí en uno de esos cursos que prometen enseñarte en tiempo récord a ser un as del volante. Llegué a la primera clase, “teórica”, como indicaba el folleto. No había una gran mayoría de mujeres, como creen varios, sino un grupo bastante variado en sexo y edad. Por supuesto, llegué 20 minutos tarde, así que me perdí la explicación de cómo funcionan los más elementales signos de vialidad. Nada que no se pueda googlear.

Fui a varias clases teóricas más, que incluían desde explicaciones sobre cómo funciona el motor hasta qué hacer en caso de emergencia. De todo, lo único que retuve es que si el radiador hierve y vos estás varado en la ruta 40, por ejemplo, no te conviene usar Coca Cola como líqudo refrigerante, pero sí pis. Por ejemplo. El profesor (mecánico con bigote de Mario Bros y jeans rudos de publicidad de Mango, ideales para limpiarse la grasa de las manos en las caderas) se explayó un buen rato sobre las prioridades de la orina (va bien como líquido de frenos y, si se rompe el limpiaparabrisas, congela el vidrio y hace que la lluvia resbale). También dio un manual básico para cambiar una rueda, aunque la remató con un consejo a las chicas del grupo: “Ustedes pueden hacerla más fácil, poner voz suave y pedirle al primero que pase que las ayude”. Un encanto, el amigo tuerca.

Después, llegó la hora de las clases prácticas en el Parque Sarmiento, con Aldo, un instructor con el temple de Sidharta Kiwi: por momentos se enyoguizaba, pero después suspiraba de hastío cuando decía “derecha” y yo ponía el guiño a la izquierda. De a poco, y con paciencia, me enseñó a poner primera, segunda, tercera, doblar, arrancar en subida, estacionar. El primer bautismo de fuego fue cruzar un semáforo; el segundo, meterme en el centro en la hora pico y no morir de estrés; el tercero, zambullirme en la Plaza España sin ahogarme en mi propio pánico. Todo eso, claro, con el pie derecho de Aldo clavado en la pedalera alternativa y aclarándome a cada rato “más suave”, mientras yo ponía tercera como si estuviera a bordo de un Scania.

Al principio, cuando terminaba la clase salía del auto con el mareo de quien se baja de un barco en plena tormenta. Pero fui perdiendo el temor a moverme, pisar un peatón, masacrar un gatito. Se me ocurrieron mil metáforas new age sobre cómo la parte difícil de aprender a conducir (un auto, tu vida, el futuro) depende siempre, exclusivamente, de perder el miedo, sentirse capaz de, arriesgarse por y blablablá. Así que, a puro color y coraje, fui a sacar el carnet.

“Estacioná, en sólo tres maniobras, sin girar el cuerpo, ni tocar la valla”, te explica el agente de tránsito que toma el examen. Confiada, confiadísima, acomodé el auto, fruncí el seño y antes de maniobrar vi cómo unos siete tipos (todos hombres), esperaban su turno para rendir mientras se cruzaban de brazos y me miraban con cara de “no lo entrás ni en pedo”. O eso me imaginé. La fantasía paranoide terminó funcionado como una profecía, rocé la maldita valla con toda la suavidad que permite un guardabarros ante la mirada nula del agente detrás de sus RayBan y la sonrisa contenida de los siete. O eso imaginé. ¡Violencia de género!, dije. O lo pensé. Y decidí irme con lo que me quedaba de dignidad en pie, mientras recordaba que la última vez que reprobé un examen fue en la materia “Gimnasia”, en el secundario (lo que me adjudicó el exclusivo título de reina de las losers).

Pero volví. Y sin dedicarle ni una sonrisa ni un pestañeo simpático al mismo agente que me reprobó aquella primera vez (ni ponerme calzas blancas, como me recomendaron varios), estacioné en dos –no tres- maniobras, con la naturalidad de quien maneja autos o naves espaciales. Y, al fin, me fui con esa lamina ínfima, blandita, endeble, que te declara persona apta para estar detrás del volante. Lenta y tranquila, con las ventanillas bajas y la música alta.

Junio, 2013

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Azafatas

A los seis años empecé a vivir en el aire. Mi papá se había mudado a otra ciudad y él y mi mamá evaluaron que ya tenía edad suficiente para viajar sola a visitarlo. El mecanismo tenía sus complejidades. Mi mamá me llevaba al aeropuerto, me acompañaba a hacer el check in y le daba los datos necesarios a la señora de la línea aérea cuya cara yo nunca podía ver detrás de un altísimo mostrador: mi nombre, DNI, el de ella, libreta de familia, el de mi padre, su DNI, motivos del viaje, teléfono, si yo tenía alergias, fobias, miedos, si era una niña tranquila o un demonio de un metro.

Después, me acompañaba hasta la puerta de embarque, donde esperábamos, por un tiempo que a mí me parecía una eternidad, a que todos los pasajeros abordaran. Yo era la última, hasta que una azafata apurada llegaba, hacía que mi mamá firmara unos papeles, me sonreía desde arriba y me daba la mano, para finalmente embarcar juntas. Siempre era una azafata distinta, pero todas tenían algo en común. Parecían heroínas con sus trajes prolijos, impecables. Tenían la boca pintada, un sutil aroma a perfume y el pelo recogido con precisión geométrica, ni un mechón rebelde. Hasta caminaban con sus tacos sin hacer ruido, flotando en las alfombras del aeropuerto. Eran para mí como sirenas de las aerolíneas, elfas que vivían en ese estado inmaculado, estrellas de cine entre los mortales pasajeros.

Me sentía más libre que nunca apenas desaparecíamos por la manga, ese túnel que imaginaba igual al que uno recorre cuando se muere. A partir de ese momento, estaba sola en el mundo por una hora de vuelo. Era una sensación de tremenda seguridad. Soltaba de a poco la mano de la azafata, acomodaba mi cartera (usaba una con la cara de un osito), ponía una cara muy seria y caminaba rápido y derecha hasta la puerta del avión. Me sentía una adulta. Era una adulta, una persona que viajaba sola en un avión enorme. La voz infantil con la que me saludaba el comandante al entrar y el gesto bobo que ponía cuando me regalaba “el caramelo de la compasión” eran casi un insulto. “Tan chiquita, viajando sola, pobrecitamialma, ¿no te da miedo?”, era una de las frases típicas de las señoras pasajeras que solían creer que necesitaba una compañía maternal en el viaje. Yo las miraba sin sonreír y respondía, simplemente, “No”.

Después de varios viajes, me sabía de memoria las indicaciones de seguridad. Dónde estaba el chaleco, cuáles eran las salidas de emergencia, dónde presionar para usar la máscara para respirar. Y me ponía el cinturón antes de que nadie me lo recordara. Mientras hablaban, los movimientos de las azafatas eran tan armoniosos como ellas, Barbies cordiales que nunca perdían la calma. Cuando las escuchaba repetir las instrucciones en inglés (Good afternoon ladies and gentlemen and wellcome…), pensaba que además de hermosas y serenas, eran sabias que hablaban varios idiomas. Superheroínas. Mujeres que no eran de esta tierra.

El despegue era la mejor parte. Degustaba la adrenalina de sentir como se encendían los motores, el avión se desplazaba por la pista como un paquidermo perezoso, y después remontaba vuelo con la liviandad de una pluma. Dejaba que mi cuerpo cayera hacia atrás en el respaldo y miraba hipnotizada cómo las casas se convertían de a poco en manchas, y la ciudad iba quedando lejos, con sus calles dibujadas. Amaba esa sensación. Mejor me sentía si mi compañero de asiento se agarraba fuerte del apoyabrazos y cerraba los ojos en pánico. Tan grande me sentía que hasta me daba el lujo de no comerme los Bon o Bon que me regalaban, sino que los ponía en la cartera, porque quería “guardarlos para más tarde”.

Así pasaron varios años. Hasta que un día, cuando ya tenía nueve, tuve mi primer golpe con la realidad. Tan duro como el contraste entre el suave despegue y el áspero aterrizaje. Uno de esos momentos en los que entendés algo, la primera de esas cuotas anuales en las que vas perdiendo la inocencia a medida que crecés. Una epifanía cruel.

Así como tenía que esperar para subir, también tenía que hacerlo para descender. Porque yo podía sentirme una chica independiente que viajaba sola, pero lo cierto es que para la aerolíneas era una niña sin tutor por una hora. Ese día, tras aterrizar, ya se habían bajado todos los pasajeros y yo esperaba sentada, suspirando de impaciencia. Una de las azafatas tenía que buscarme, darme la mano y llevarme hasta la puerta de salida, donde esperaba mi papá. Pero la cosa se demoraba y ella no llegaba.

Mientras, las demás se reunieron en mitad del pasillo a charlar. No me veían hundida en mi asiento y creo que se olvidaron de que estaba ahí. Una de ellas, que tenía un perfecto rodete castaño, se soltó el pelo. El gesto me pareció una transgresión. Peor fue ver que su pelo cayó hasta la cintura, recto, espeso, igual que el mío cuando pasaba muchos días sin bañarme. Otra de ellas empezó a hablar del marido y usó las palabras “boludo” y “papafrita” (era la década de 1980). Una sacó de su bolso un sobre y dijo, con un acento porteño que nada tenía que ver con la voz que había usado 10 minutos antes para decir “enderecen sus asientos, señores pasajeros, por favor”, que había empezado un nuevo negocio y extendió unas bolsas a las demás. Estaba vendiendo paquetes de sahumerios.

No lo podía creer. No estaba sorprendida, estaba irritada. Indignada con esas mujeres que con un gesto despreciaban un mundo especial. Era como asomarse detrás del telón de un teatro y ver a los actores quitarse el maquillaje. Como encontrarte con tu maestra de grado andando en moto con un gordo barbudo. Me asomé por el pasillo y las miré otra vez con una mueca de desaprobación. Ellas no me prestaron atención, pero vi algo más. Una mujer rubia estaba reclinada en un asiento y se había sacado los zapatos, esos tacos moderados del uniforme de Aerolíneas Argentinas. Y allí estaba el horror. Sus brillantes medias de nylon, de suave color durazno, tenían un hueco en el talón. Un agujero cruzado por finos hilos que se tensaban y que dejaban ver la piel, que se estiraban y mostraban un talón curtido, oscurecido, rugoso y seco.

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Las posibilidades de una isla

Los pueblitos turísticos y playeros comparten todos ciertas similitudes. Además de las palmeras, el mar y la arena, la infraestructura esperada: un pequeño centro de artesanías más o menos parecidas, restaurantes a precios inflados, supermercados a los que se puede entrar con malla y ojotas, un par de barcitos cool en la playa y, alejadas del mar, las casitas comunes de las personas que viven de los visitantes.

Ihla Grande, cerca de Rio, tiene eso mismo. Y algunas particularidades. No es sólo una isla grande, sino muchas islas juntas.

Vida acuática
En uno de los barcitos, por ejemplo, un tipo canta cualquier canción, por más extranjera que sea, en versión asambada y suena igual igual a Seu Jorge cantando temas de Bowie en la peli Vida acuática. Si lo escuchás mientras tomás una cerveza Bohmemia helada y cerrás los ojos, podés ver a Bill Murray corriendo por la playa en traje de neoprén y gorrito rojo. Hay, además, desde pousadas carísimas a hostales con lo mínimo necesario para ser feliz: una cama, un baño y vista al mar. Hay brasileños locales que reciben los barcos y los ven partir cada día, sin melancolía; ni siquiera con saudade.

Lost
En un extremo de la isla, tras varias horas de camino a pie, están las ruinas del presidio Dois Rios, creado a principios del siglo 20, en épocas en la que una isla alejada no era todavía considerada un paraíso sino un páramo. Funcionó hasta la década de 1990 y ahora queda en el lugar una atmósfera extraña, con paisaje de postal e instalaciones carcelarias. Hay un pueblo casi desierto, habitado antes por los guardiacárceles, y las ruinas de las celdas, con las paredes comidas por el viento en una versión tropical de Alcatraz. Lo tremendo es que la cárcel estaba a metros de la playa, como la peor de las torturas: veían y escuchaban el mar, pero jamás lo tocaban. Caminar por ahí para llegar a la playa en la que no hay nadie-pero-nadie es como pasear por las ruinas del proyecto Dharma.

La isla de la fantasía
Aunque los busqué, no hay enanos entre las palmeras. Tampoco hay señores elegantes de traje blanco, pero hay varios con ganas de cumplir todas tus fantasías (algunos insistentes, como Ronaldo, un moreno que usaba hawaianas blancas y al que le “encantaban” las argentinas; tres minutos más tarde, las australianas; después las chilenas, y así). Hay una playa que se llama Lopes Mendes, a la que se puede llegar en una hora de barco o en tres de caminata. Si la imagen de la fantasía crece con la expectativa, vale caminar por el medio de la mata, donde no pasa nadie, excepto algunos monos que se ríen en voz alta al ver cómo sudás y te pican las hormigas. También hay puercoespines y mariposas de colores. En Brasil las mariposas tienen nombre mágico: borboletas.

La isla de Gilligan
Dormir al lado del mar, en la posada Aquario, la más linda y sencillita do mundo, es una delicia. Se puede dormir en las hamacas que dan al mar o en las habitaciones compartidas. Lo bueno de la segunda parte es conocer gente tan distinta como un colombiano que es fotógrafo, motoquero y se dedica al cultivo de paltas; una envidiable sudafricana a la que le pagan por viajar; un alemán que un día colgó su uniforme de médico, vendió todo y se fue por ahí a ver qué quería de su vida; o un holandés errante que jura que duerme en la playa cada noche, aunque cada mañana salga en puntas de pie de una habitación distinta. Diego y Rafael son los bartenders más simpáticos del mundo y, de noche, cuando cae el sol, el pueblito de Abrao muestra su universalidad: el loco, el viejo, el dealer, las matronas, las misas con coros que desafinan, los chicos que ven tele hasta tarde esperando que los reten porque tienen que ir a la escuela.

Lo demás, es caminar, mirar, escuchar las olas, y nada más. Nada menos.

Van algunas sugerencias de qué hacer y qué no hacer para quienes quieran pasar unos días de paraíso.

Sí:
-Llevar un saquito para el viaje en bote desde Angra do Reis a la isla. El viento pega, el agua moja, el frío congela.
-Llevar un rompevientos, paraguas, cualquier cosa que tenga capucha. Y libros, MP3 o un yo-yo. A veces llueve.
-Llevar un repelente. O dos. Los mosquitos pueden llegar a picar 35 veces el cuerpo de alguien en 1º minutos. Fiel estadística.
-Llevar dinero. En la isla no hay cajeros.
-Hacer las trilhas (caminos que atraviesan la mata) aunque la gente del lugar diga que son difíciles. No lo son. Y son más baratas y menos agobiantes que los paseos en bote.

No:
-No hacer las trilhas de cuatro horas con ojotas ni con chanclas, aunque la gente del lugar asegure que “se pueden hacer hasta descalzo”. Ellos tienen los pies curtidos, el resto no.
-No quedarse en las fogatas de la playa hasta muy tarde, los hostales cierran la puerta. Y saltar las tapias en ojotas es complicado.
-No es recomendable bañarse en el puerto a las cuatro de la mañana tras varias caipirinhas, por motivos varios.
-No es recomendable bañarse en el puerto a las cuatro de la mañana con ropa interior XL. Sólo por dignidad.
-No esperar contacto con el mundo, Internet se cae “cuatro días a la semana o cinco”.

Ihla grande, noviembre de 2012

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Continúa lindo

Hay un tiempo para todo. Por ejemplo, uno puede admitir que ya es tarde para intentar ser maratonista profesional, pero que todavía es posible salir a correr dos veces por semana. En Brasil, acepto con la resignación de quien conoce sus límites que nunca jamás podré sambar, pero que si me concentro puedo al menos mejorar mi portugués. Algo es algo. Llego a esa conclusión en mi primera visita al ensayo de un bloco.

El orden del mundo se invierte en Rio de Janeiro: el sur concentra el glamour, el dinero y las garotas de Ipanema; y la zona norte, las casas y expresiones más populares. Allí está “Fala Meu Loiro”, en Santo Cristo, un bloco popular que data de la época de los años 30 y que ahora los vecinos quieren revitalizar. Los blocos son asociaciones de vecinos y amigos que se juntan en carnaval para disfrazarse y bailar detrás de la banda de músicos. La versión pequeña, gratis y mucho más divertida de las escolas do samba.

Isabel es una de las que gestiona la renovación del bloco. Mientras explica el trabajo comunitario que hacen para reactivar la actividad, no puedo dejar de mirar su brazo. Tiene un enorme tatuaje del Cristo redentor con varias de casitas debajo, que representan a la favela en la nació y vive, y de donde no piensa mudarse aunque quizá ya se lo permita su trabajo como asesora del secretario de seguridad de Rio. Mientras ella sigue hablando y suena la música, pasa una señora de 70 años que se mueve con ese micro-dancing de la samba, ebria de felicidad, mientras se seca el sudor con un pañuelito y, como cualquier abuela, después lo guarda en el corpiño. Verla bailar con una envidiable gracia, con su joroba y su piel de cartón, me confirma que la capacidad de sambar no tiene nada que ver con las caderas turgentes ni con las mejores intenciones. Late en los pies, atraviesa el cuerpo. El cuerpo de ellos, al menos, porque el mío no acusa recibo.

Volver a Rio, cuando ya se conoce la ciudad, tiene sus ventajas. En mi caso, la primera es encontrarme nuevamente con mis amigos, que resumen lo más entrañable de la cordialidad brasileña. Esa manera natural de estar con el otro, hasta con el desconocido, una facilidad para no tener reparos. Está en ellos, a quienes conozco, y también en la forma en la que una mujer en el colectivo me tapa las piernas con su manta “porque entra frío por la ventana” o en la forma tan espontánea en la que alguien comparte su paraguas conmigo en una esquina lluviosa. “Gentileza gera gentileza” es realmente un patrimonio que se mantiene vivo en la cidade maravilhosa.

Con mis anfitriones, recorro relajada otros lugares de Rio, y no puedo dejar de sonreír ante la inclinación a los superlativos que tienen los brasileños. Pasamos, por ejemplo, un fresco domingo caminando por el Parque Nacional da Tijuca, la floresta urbana “mais grande do mundo”; vamos a cenar una deliciosa moqueca a un tremendo lugar en Guaratiba, uno de “os melhores 101 restaurantes do mundo”; y, finalmente, subo al corcovado a ver a Cristo, la escultura art decó “mais grande do mundo”. Si hasta Roberto Carlos es el tipo con más amigos del planeta (por cierto, pasamos por la puerta de su casa, en Urca, un sábado por la noche, pero no se veía a nadie ahí).

Al Cristo no había podido visitarlo en los primeros días porque estaba nublado. Según los cariocas, cuando las nubes lo tapan el hombre aprovecha para bajar los brazos, elongar un poco, fumarse un pucho. Me encantaría verlo in fraganti, pero cuando subo está inmóvil, con su abrazo gigante y la cabeza ligeramente inclinada. El espectáculo de verlo de cerca no es nada comparado al que ofrecen en un domingo cientos de turistas ansiosos, que llevan sus cámaras desenfundadas como armas, y hacen las contorsiones más extrañas para que quepa en el encuadre de la foto todo el Cristo y, debajo, el cuerpo de ellos imitando la posición de los brazos en cruz. Lograrlo es como sambar, casi un milagro.

En mi último día, después de varios nublados, sale el sol y las playas de Ipanema se llenan de brasileños y turistas que tras una semana de lluvia, llegan corriendo, como sedientos, a hundir los pies en la arena y bañarse en el mar. Allí, tras mis clases formales de portugués, después de aprender con dificultad a conjugar verbos y recordar las contracciones gramaticales, me llega la clase de idiomas informal más desopilante, de la mano de la madre de mi amiga, una señora del interior de Sao Paulo que me pasa datos de expresiones que “tengo que saber”. Aprendo lo que es un “farofero” (el que lleva comida a la playa, reposeras, radio y todo el despliegue), “pagar um mico” (pasar flor de vergüenza) y el nombre de la comida recalentada: “ya te vi”. A Rio hay que volver a verlo. Cada vez es más delicioso.

Rio de Janeiro. Noviembre, 2012.

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